Hace unos 40 siglos, allá por el 1800 a. C., un pastor oriental escuchó una voz que le decía: "Vete de tu tierra, y de tu patria... a la tierra que Yo te mostraré. De ti haré una nación grande" (Gen 12, 1-2). Aquel hombre obedeció y, pasado algún tiempo, reclamó humildemente a la voz que le había hablado: "Mi Señor, Yavé, ¿qué me vas a dar, si me voy sin hijos?". La voz le contestó: "Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas... así será tu descendencia" (Gen 15, 2-5).
Han pasado 4.000 años y la promesa hecha a Abraham el pastor en cuestión se ha ido cumpliendo, pues en la actualidad las personas cuya religión se deriva de la fe de Abraham judíos, cristianos y musulmanes son más de 3.000 millones, es decir, cerca del 53 por ciento de la población mundial. Sin embargo, la actual situación internacional plantea la cuestión de cómo debe ser la relación entre los miembros de estas religiones.
Hacia la comprensión. Un evento de importancia para esta comprensión tuvo lugar en 1965, cuando el papa Pablo VI durante el Concilio Vaticano II promulgó la declaración Nostra aetate , en la que se explican las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas.
En la declaración se afirma que "la Iglesia mira también con aprecio a los musulmanes, que adoran al único Dios, viviente y subsistente", por lo que "si en el transcurso de los siglos surgieron no pocas desavenencias y enemistades entre cristianos y musulmanes, el sagrado Concilio exhorta a todos a que, olvidando lo pasado, procuren sinceramente una mutua comprensión, defiendan y promuevan unidos la justicia social, los bienes morales, la paz y la libertad para todos los hombres" (n.3).
Patrimonio común. Respecto a los judíos, la Nostra aetate recuerda que, siendo "tan grande el patrimonio espiritual común a cristianos y judíos, este sagrado Concilio quiere fomentar y recomendar el mutuo conocimiento y aprecio entre ellos" (n.4).
Pero la actitud cordial hacia judíos y musulmanes no ha estado presente solo en las enseñanzas de los papas, sino también en la vida de muchos cristianos, como es el caso, por ejemplo, del beato Josemaría Escrivá de Balaguer fundador del Opus Dei. El 14 de febrero de 1975, cuando él se encontraba en una reunión con más de 5.000 personas en los alrededores de Caracas (Venezuela), un señor de aspecto joven se puso de pie y, tomando el micrófono, le dijo: "Padre, soy hebreo". A lo que el beato respondió: "¡Hebreo! Yo amo mucho a los hebreos porque amo mucho con locura a Jesucristo, que es hebreo... Y el segundo amor de mi vida es una hebrea, María Santísima, madre de Jesucristo. De modo que te miro con cariño: sigue". A lo que su interlocutor respondió: "Yo creo que ya la pregunta está respondida, padre".