El 31 de octubre de 1517, Martín Lutero clavó sus 95 tesis en la catedral de Witemberg. Este acto formó parte de la costumbre de entonces, para plantear la discusión sobre temas importantes. Lutero expuso sus ideas sobre aspectos doctrinales de la Iglesia Católica, que enseñó la salvación por obras y a través de la compra de indulgencias. El monje proclamó la salvación por la fe sola y por la gracia de Dios. A la proposición católica de su autoridad absoluta basada en la tradición y en el papado, el agustino contrapuso la Biblia como la máxima en la vida del cristiano. La Iglesia enseñó que ella y sus clérigos eran los mediadores entre Dios y los seres humanos. Lutero propuso la doctrina del sacerdocio universal del creyente. Su pensamiento halla su fuente en el de San Pablo.
Un balance histórico contemporáneo de ambas corrientes de pensamiento, a la luz del proceso reformista, permite apreciar que algunos de los postulados luteranos son asumidos hoy por la Iglesia Católica. Por ejemplo, la centralidad de la Biblia, que cobra cada vez más vigor. También, un mayor énfasis en la salvación por fe y gracia de Dios, y no tanto por obras. Es cierto, la Iglesia Católica se renueva al darle lugar a los postulados teológicos reformistas. Esto no es óbice para que de vez en cuando se presenten las poses medievales de clérigos que manipulan la estructura política para que, por ejemplo, se impida en Costa Rica la lectura de la Biblia en lugares públicos.
En el sector "evangélico", algunos han regresado a las posiciones de la Iglesia Católica antes de la reforma. Basta con ver programas televisivos para observar cómo opera la venta de indulgencias protestantes. También el culto a reliquias importadas que algunos de los presentes contemplan boquiabiertos. Además, ¿qué decir del abandono de la Biblia como el centro de la vida, de la liturgia y de la ética protestante? ¡Cuán lejos están algunos "protestantes" de aquella reforma!
(*) Profesor UCR