La escena tenía un componente cómico, casi cinematográfico. Alguien con mucha imaginación y una infinita capacidad persuasiva había convencido al presidente de la Bolsa de Nueva York para que viajara hasta la selva colombiana a conversar con Tirofijo, el viejo jefe guerrillero de las comunistas FARC, y con Mono Jojoy, su sanguinario lugarteniente. ¿Para qué? Presuntamente, para educarlos:
-Señor Tirofijo, es mejor negocio invertir en acciones de Microsoft que secuestrar a la madre abadesa.
-¿Qué rendimiento tienen esas acciones? -preguntó Mono Jojoy, incrédulo, sacando una calculadora Sanyo de la sobaquera.
-El más alto. Si secuestrar fuera más rentable Bill Gates no se hubiera dedicado a las computadoras -afirmó el americano.
La hipótesis no es del todo descabellada, aunque despida un tierno olor a ingenuidad. Tirofijo y Mono Jojoy son sacatripas y no farmacéuticos de provincia o apacibles notarios porque la formación y la información que recibieron a lo largo de sus atormentadas vidas los condujeron en esa dirección. La violencia y la revolución estaban tan presentes en la circunstancia de estos colombianos que fueron totalmente absorbidos por ellas. Se hicieron guerrilleros y matarifes naturalmente, como en otras latitudes unos tipos iguales que ellos se hacen organilleros de la catedral o tenedores de libros.
Cambio de bando. ¿Son reeducables estos dos caballeros? Muy difícilmente. Si se crece creyendo que el triste destino de los pobres -incluso las propias miserias personales- es la consecuencia de la explotación de los que algo tienen, de los empresarios, de los "americanos", y si se vive sin el menor respeto por unas leyes que son sólo malvadas invenciones de la clase dirigente para perpetuar su hegemonía, ¿puede la mágica aparición en la selva de un pope del capitalismo modificar esas percepciones y transformar a estos guerrilleros en ciudadanos respetuosos del Estado de Derecho?
Lo dudo. Hay guerrilleros que consiguen (a veces) desembarazarse de las ideas absurdas que tenían en la cabeza, pero no tras la visita milagrosa de un rey mago que representa a los enemigos, sino mediante un largo y continuado proceso de experimentación y aprendizaje dentro de esa otra realidad que antes combatían. Esto le ha ocurrido, por ejemplo, al comandante salvadoreño Joaquín Villalobos. Tras firmarse la paz en su país, se fue a Londres, matriculó en Cambridge y al cabo de dieciocho meses -a juzgar por la entrevista publicada en El País de Madrid-, había modificado totalmente su manera de enjuiciar los problemas de la sociedad. O a veces el cambio viene por la otra punta del aprendizaje: le ocurió a Valentín González, El Campesino, aquel feroz comunista de la Guerra Civil española, que se ganó el generalato a punta de audacia, a quien conocer por dentro la Rusia de Stalin lo convirtió en un ardiente anticomunista para toda la vida.
Mundo desconocido. Hasta existe un precioso ejemplo del siglo pasado, cuando los europeos se repartieron África tras la Conferencia de Berlín de 1880. Como resultado de esa aventura imperialista, le tocó a Francia una zona del Sahara particularmente belicosa por las tribus bereberes que deambulaban por el desierto, y allí, en medio de esa calcinada desolación, el coronel Jules Joffre -si no me falla la memoria-, antropólogo por educación, militar por esas cosas de la vida, tuvo que vérselas con un terrible adversario guerrillero al que no conseguía capturar ni derrotar. Al fin, desesperado, le mandó un emisario y le pidió una entrevista. El guerrillero, intrigado, se la concedió. La conversación pudo ser, más o menos, como sigue:
-Francia -dijo el coronel- se ha impuesto una labor civilizadora. Queremos que termine la barbarie y todo el mundo disfrute los dones del progreso. Por eso luchamos. Yo represento a un mundo mejor que el suyo.
-¿Cómo lo sabe -preguntó el rifereño, para quien la idea de "Francia" era un soldado apuntándole con un fusil? Usted ni siquiera conoce mi mundo.
Entonces pactaron algo insólito. Suspenderían las hostilidades por un año. Los primeros seis meses el coronel compartiría la vida nómada de la guerrilla, a lomo de camello, como uno más. Los otros seis meses el jefe guerrillero se trasladaría a París y habitaría en la casa del coronel Joffre, donde su hermana, profesora de canto, le enseñaría que Francia era algo más que la Legión Extranjera. Luego volverían a reunirse.
Lucha sin sentido. El experimento se llevó a cabo. Al año exacto se encontraron nuevamente en el desierto. El guerrillero tenía algo melancólico en la mirada. Le rodeaba su tropa. Contó lo que había visto: París, el Sena, los castillos. Todo. Desde Notre Dame hasta el Moulin Rouge, desde Versalles hasta el cancán. No había duda: era un mundo maravilloso y superior al que ningún oasis del desierto, ninguna bondadosa palmera podía compararse. Valía la pena tratar de reproducirlo. Luchar no tenía sentido. Entregaron las armas. Los dos jefes se dieron un abrazo.
A lo mejor para realizar el milagro pedagógico de reeducar a Tirofijo y a Mono Jojoy hay que hacer las cosas al revés. No se trata de que el capo de la Bolsa de Nueva York viaje a la selva colombiana en una operación diplomática de fin de semana. Hay que llevar a los guerrilleros a Manhattan, ponerles una corbata de lacito y comenzar la fatigosa tarea del desasne. Y la cosa es muy lenta. A Yuri Kariakin, un escritor ruso amigo de Solzhenitsyn y exconsejero de Boris Yeltsin, alguna vez le oí decir en Moscú que uno de los mayores misterios del marxismo -el fue marxista, por supuesto- estaba en la desproporción que existía entre el breve tiempo y la poca densidad de las ideas que entraban en el cerebro, y lo que luego demoraba deshacerse de las ingentes cantidades de detritus que se habían acumulado: "en dos meses te haces marxista; luego estás veinte años sacando porquería." ¿Cuánto duraría la reeducación de Tirofijo y Mono Jojoy? Ese "máster" -me temo- va a ser uno de los más largos de la historia.
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