Una de las obras de misericordia más populares de Costa Rica –casi un mandamiento nacional– es recetar a los enfermos. Cualquier tico que se precie de serlo lleva un doctor Chiringa por dentro, lo cual hace que los enfermos, aquejados levemente o bajo el cuidado de los más eminentes especialistas nacionales, reciban extravagantes consejos para su dolencia particular.
Esta característica del ser costarricense ha encontrado un aliado perfecto en el correo electrónico, por medio del cual se lanzan recetas a granel, con la esperanza de que en alguna dirección figure algún cristiano delicado de salud a quien el remedio le calce irremediablemente.
El mejor ejemplo de esta inmisericorde misericordia nacional tuvo lugar con la afonía que aquejó a don Óscar Arias el año pasado. Recomendaciones, recetas y embrujos varios destinados a personas aquejadas de afonía iban y venían por Internet, y eso que Twitter y Facebook no eran tan populares como ahora.
Por lo que entiendo, la afonía (pérdida total de la voz) y su pariente pobre la disfonía (pérdida parcial) son dos de los gajes más frecuentes del oficio de políticos, cantantes o docentes. Sin embargo, cualquier hijo de vecino puede verse afectado por esas dolencias, o creer que lo está. Uno de los casos más patéticos fue el de Arístides Royo, un presidente de Panamá a quien el general Noriega le atenazó tanto la garganta políticamente que decidió renunciar al poder, declarándose “afónico crónico”. A este caso se le llamó “El gargantazo”.
Según los médicos, el uso excesivo de las cuerdas vocales, las alteraciones de la laringe, o algunas causas psicológicas, pueden ser la razón de la pérdida de voz.
Por ejemplo, una madre traumatizada por la noticia del accidente de un hijo podría perder temporalmente la habilidad para hablar aunque sus cuerdas vocales estuviesen en perfecto estado. A eso se le llama, de acuerdo con los expertos, “disfonía histérica”.
Por aquellos días en que el Presidente se enfermó, las recetas a lo Chiringa saturaron los correos electrónicos. Gárgaras, cataplasmas, infusiones, enjuagues y maceraciones. Ajo, tomillo, cebolla. Miel y pepino. Peras y sábila. Hierba de los cantores, menta, limón. Zanahoria, jengibre, repollo. Manzanas, propóleos, baños de mar. Cortisona, iboprufeno, masajes alemanes. Bórax para generar una salivación abundante, clorato potásico (no recuerdo por qué) y, claro, dolorosas cirugías.
Pero eso no fue todo. Alguien sugirió consultar a un dramaturgo austríaco contemporáneo de Freud, llamado Arthur Schnitzler (1862-1935), quien estudió las posibilidades de la sugestión y de la hipnosis para curar la afonía y publicó un oscuro opúsculo sobre el tema.
Has de rezar también. Un misterioso corresponsal propuso, con precisión jesuítica, que los afectados de afonía/disfonía recurrieran a alguno de los 14 “santos apotropeanos” (expertos en alejar influencias malignas), algunos de los cuales han desarrollado una especialidad para escuchar las plegarias de los enfermos de la garganta.
De ahí surgió el nombre de San Blas, obispo y mártir milagrosísimo, celebrado en el Santoral a principios de febrero. ¿Se acuerdan de aquella famosa frase que decían las abuelas cuando a uno le daba un acceso de tos o se le atravesaba una espina de pescado?: “San Blas, San Blas, si te lo llevás, me lo pagás”. Pues bien, ese es el santo que según las consejas protege de las enfermedades de la garganta y su devoción es altamente recomendada.
Una antigua historia de la otorrinolaringología sugiere para recuperar el habla que un sacerdote coloque dos velas encendidas y cruzadas ante el cuello e invoque la protección de San Blas. Quienes pasan por esto quedan libres de enfermedades de la garganta pero solo por un año. Diay, un año es un año.
A raíz de las desventuras de los afónicos, vino también a cuento el obispo San Lupo, quien en vida había devuelto el habla a una mujer muda. Después de la muerte del jerarca, un esclavo en fuga se refugió detrás de su tumba (la de San Lupo). El dueño del esclavo, enfurecido, al verlo le gritó: “¡Ni el mismo Lupo te librará de mis manos!” Parece que, al decir esto, al esclavista se le secó la lengua y murió mugiendo como un buey, por blasfemo.
Más entretenida y menos tétrica fue la observación de que en algunos lugares de España los fieles ofrecen a San Lupo exvotos de gargantas de lobo para no volverse afónicos si ven a uno de esos animales. Cuando en esos poblados alguna persona se vuelve afónica, los amigos le preguntan siempre: “Qué, ¿has visto a un lobo?”.
No sé de dónde saca la gente tanta cosa, pero un espontáneo colaborador alertó contra el s parttegroit, enfermedad mortal que deja la piel fea y marcada por el contagio de un hongo vil que además produce afonía. A veces las manchas se confunden con pecas.
En este caso, dicen que lo recomendable como cura es atarse un hígado de sapo alrededor del cuello y quedarse desnudo bajo la luz de la luna en un barril lleno de ojos de anguila. Todo esto suena a Harry Potter, pero habría que consultarlo con algún psiquiatra y político local que solía recomendar la lectura del aprendiz de brujo inglés.
Finalmente, como China ya estaba de moda, alguien refirió el uso de la auriculopuntura como remedio contra la afonía. La auriculopuntura, mal pensados, es simplemente una rama de la acupuntura china que desde 1956 utiliza agujas en las orejas para el tratamiento de la afonía.
Cumplo con retransmitir, como un tardío servicio público, estas recomendaciones y embrujos y curiosidades, esperando que se mantenga viva la muy tica y popular tradición de recetar a los enfermos.