El pasado 10 de julio, se publicó en la sección del New York Times en La Nación, un interesante artículo sobre sociedades con excedentes de población masculina y las consecuencias que esto podría conllevar. El artículo se basa en un libro que propone la tesis de sociedades más violentas e inestables, como consecuencia de la desproporción de sexo. Yo me pregunto si no será al revés.
Las sociedades, naturalmente, tienen una mayor incidencia de nacimientos de niños varones. Es así como la naturaleza sabia compensa la relativa mayor debilidad del “sexo fuerte”, que presenta mayor mortalidad infantil. Al nacer más niños que niñas, se garantiza que en la edad adulta ambos sexos estarán equilibrados. En Latinoamérica, según los datos poblacionales que obtuve del Centro Latinoamericano de Demografía para mi trabajo como investigador de mercados, la tasa es muy constante en todos los países, y oscila entre 104 y 105 niños menores de un año por cada 100 niñas.
“Selección” prenatal. Para llegar a un índice de 120 niños por cada 100 niñas, como se estima para China, es claro que se requiere algo más que la naturaleza. El artículo en cuestión cita “tecnologías que hacen posible la selección prenatal del sexo”, pero no entra en detalles. Si bien no soy experto en la materia, esa frase me recordó de inmediato otras publicaciones que he leído en el pasado, donde se habla de la altísima incidencia de abortos y de abandono de fetos recién nacidos en China, país que prohíbe a las parejas procrear más de un hijo o hija. Si bien existen otras técnicas menos violentas para la “selección prenatal del sexo”, está claro que el aborto provocado desempeña un papel muy importante en la tasa de masculinidad de China.
Una sociedad que permita y hasta promueve, indirectamente, el aborto provocado como una forma de controlar la población y escoger el sexo de los hijos, es intrínsecamente agresiva. ¿Qué mayor nivel de agresividad se nos puede ocurrir, que atentar contra la vida de los que aún no nacen? Es aquí donde discrepo de la tesis presentada en el artículo de La Nación, pues la sociedad que manipula de esta forma los nacimientos, ya ha mostrado su violencia. Entonces, los cientos de miles de varones jóvenes “en exceso” no son la causa de actos de violencia presentes ni representan un potencial de inestabilidad futura de la sociedad: son más bien fruto, consecuencia, de una sociedad que permitió hace muchos años la muerte de cientos de miles de niñas inocentes.
Muertes provocadas. En América, esta forma de agresividad contra los no nacidos, no tiene como fin el favorecer el nacimiento de más niños varones. Por eso la tasa se mantiene estable entre 104 y 105. Pero esto no implica que no exista la agresividad: millones de niñas y niños mueren de forma provocada cada año. Esas son nuestras “ramas desnudas”: las sonrisas que no veremos, los ojos brillantes que no nos alegrarán, las alegres ocurrencias que no nos devolverán nuestra juventud.
Está en cada uno de nosotros la decisión de no contribuir a la cultura de la violencia. Esto comienza en el respeto a la vida humana desde el mismísimo momento de la concepción.