Eso de que en el “progresista” mundo actual hayan dos raseros para medir las cosas, no es nada nuevo. Como tampoco lo es que el rasero ese, use el falso criterio de lo “políticamente correcto”, para determinar la bondad o no, que posea lo así juzgado.
La novedad reside sí en que ya se está volviendo mundial costumbre tolerar en silencio tal desatino ético, lógico y hasta histórico, con tal de no molestar a unos cuantos medios políticos globales u otros tantos formadores de opinión; sin descartar, desde luego, a las acéfalas masas que tras ellos se lanzan sobre aquel que ose cuestionarlos.
Pero ese, se habrán dado cuenta ya mis escasos lectores, no es mi caso. Máximo si se toma en cuenta que, solo en lo que va del año, son varios los hechos que ponen de manifiesto la interesada parcialidad de tal manera de juzgar las cosas, dependen de quién o de dónde vengan.
Peligrosa complacencia. En esta ocasión, el racismo es el tema, aunque como tal no haya sido tratado por provenir, precisamente, de algunos de los figurones mediáticos que cuentan con la admiración y la consecuente complicidad de los “progresistas” del mundo, que, unidos, pueden perder cualquier cosa, menos las cadenas de lealtad que a aquellos los atan.
Así, el pasado 26 de marzo, el presidente brasileño –a quien algunos llaman “Lula” como si de su vecino se tratara– al recibir al primer ministro británico, Gordon Brown, en Brasilia, dijo entre otras cosas que la actual inestabilidad económica mundial “fue causada por el comportamiento irracional de los hombres blancos de ojos azules que antes de la crisis pretendían saberlo todo y ahora demuestran que no saben nada”.
Desde luego que declaración de tal calibre no ha sido calificada de racista por los “progres” de marras, toda vez que ya se sabe que, en la semántica políticamente correcta, el racismo contra los blancos no es racismo, sino más bien una especie de justicia, nada poética, pero sí ancestral. No quisiera imaginar el escándalo que se habría armado si parecidas palabras, pero en sentido contrario, las hubiese proferido Brown, refiriéndose a la permanente crisis en la que viven varios países del llamado Tercer Mundo, culpabilizando por ello a los hombres de piel morena y ojos oscuros que los gobiernan.
Caso parecido fue el que a principio de año protagonizó el inefable gobernante venezolano, al declarar, tras los resultados de la elección presidencial en los Estados Unidos: “Quiero hablar con el negro”. La que se habría armado en los medios simpatizantes del teniente-coronel “bolivariano” si hubiese sido el criollo presidente colombiano, por ejemplo, quien expresase su deseo de hablar con “el zambo” venezolano, no hay cómo preverlo; salvo que de seguro todavía estarían cobrando la afrenta… así fuera esta –como la anterior– étnicamente correcta.
¿Se imaginan los cuatro felinos a quienes dirijo estas letras, si mestizo como es, el mexicano presidente Calderón, dijera que quiere hablar con “el indio” que gobierna –con huelgas de hambre– a Bolivia? Ahí sí, no pararían la perorata “antirracista” los progresistas de estos lares y sus europeos pares, hasta que López Obrador ocupara la silla del águila que, de por sí, según ellos, le corresponde… como si en Managua o en La Habana les hubieran enseñado a contar votos a la mexicana.
Porque, para no desviarnos del tema, cabe recordar que durante la dictadura sandinista en Nicaragua, se practicó un sistemático racismo contra los miskitos en la costa atlántica; mientras que, hasta la fecha, la dictadura de los Castro apenas tolera negros en su entorno, como tanto lo han señalado varios estudiosos de ese odioso fenómeno.
Pero, claro, según el rasero izquierdo nada de eso es racismo, porque es practicado por “países hermanos” y “gobiernos revolucionarios”, o silenciado por “grupos de derechos humanos” y, como no, por los infaltables “intelectuales comprometidos”, activistas “antirracistas” también.
El colmo. Mas el colmo de lo que vengo comentando, ocurrió el mes pasado, y como no, auspiciado por la ONU, que como siempre armó el tinglado: la Conferencia contra el Racismo, a la que de antemano se excusaron de asistir varios países que se sabían tachados de “racistas”, nada más y nada menos, que por el gobernante iraní que, además de negar el Holocausto, ha hecho público su deseo de desaparecer al Estado de Israel de la faz de la tierra… ¡y eso que era el personaje de postín!
Como se ve, hay entonces dos racismos, pero solo es progresista quejarse de uno de ellos. Así, se podrá sentir odio contra los estadounidenses, pero solo se será “antimperialista” o, en el peor de los casos, “antinorteamericano”; se podrá también ser feroz antisemita, pero para efectos públicos bastará decir que se es “antisionista” y solidario con el pueblo palestino, y así hasta el cansancio… pero, para lo cofrades dichos, ese racismo será bueno, y solo el otro será malo.