Hace tiempo que esto está así: desde Vesco y McAlpin, desde Codesa, desde que los bancos son del Estado y las autónomas licitan y manejan negocios tan grandes, que los gerentes y presidentes ejecutivos por mérito político no pueden soportar.
Es así desde hace tiempo, tanto que ya los políticos asumían la impunidad y, seguramente, justificaban sus comisiones –todos lo hacen; me lo merezco; no es para tanto; si no me lo llevo yo, será otro…–, hasta convencerse ellos y convencer incluso a sus esposas.
La impunidad ha sido tal que permitió generar la falsa imagen de que Costa Rica se diferenciaba de otros países latinoamericanos por la poca corrupción.
Esto era claro al ver, en casi toda Latinoamérica, tantos expresidentes acusados, encarcelados o en fuga: desde los dictadores Somoza, Strossner y Noriega hasta los democráticos García del Perú, Pérez el venezolano, Salinas el charro, el Alemán nica, el che Ménem, o el inca-nipón Fujimori...
Por negligencia o cálculo. Pero eso era en otros países, ¡jamás en la Suiza centroamericana! Jamás, porque nadie se atrevió a enfrentar el asunto. Por negligencia, temor o intereses y cálculos políticos, nunca se supo nada oficialmente, pero siempre existió, y la gente siempre lo sospechó.
Pero cuando nadie lo esperaba, en esta cultura política de la impunidad, los tradicionales “mandamases” no contaron con la astucia, suerte o coraje del doctorcito Pacheco.
El gobierno de nuestro presidente psiquiatra podría pasar a la historia –pese a todos sus yerros, metidas de pata y Toledo– como el de la limpieza que devolvió la ilusión a los ticos, gestión que sería mucho más apreciada que brillantes indicadores económicos, casi siempre poco confiables.
Pero las sensaciones que nos llegan de tristeza, temor, preocupación o incertidumbre más bien deberían ser de alegría, seguridad y esperanza. Alegría, porque está saliendo a la luz lo oculto, seguridad de que la verdad está prevaleciendo sobre la mentira, y esperanza en un futuro más transparente.
Claridad y verdades. Aunque la Biblia no diga que el mundo va a mejorar antes del final de los tiempos, es nuestro deber luchar por la claridad y la verdad. Es también nuestro deber orar a Cristo por los gobernantes y trabajar por hacer del país un mejor lugar.
El destape actual es bueno para todos (o casi todos). Que sigan adelante los periodistas, jueces e investigadores, y que quienes tengan información que saquen a la luz los chuicas sucios que tengan a mano o conozcan.
Tristes, preocupados y temerosos deben estar los que faltan y hacen fila para ser descubiertos en los negocios oscuros con el ICE y la CCSS, ya en el tapete, así como con otras empresas autónomas e instituciones del Estado que aún no se escarban, y otros negocios con las, tan de moda, “concesiones a empresas privadas por comisión”. Porque parece que falta muchísimo que destapar. Esto es bueno…