Fue Aristóteles, en el arte de la mayéutica, quien consolidó el método de llevar a un interlocutor, mediante preguntas, al descubrimiento de la verdad. Curiosamente, Aristóteles reconoce que se inspiró en la profesión de su madre, comadrona (suponemos que por la cercanía de ella con el acto de "engendrar") y de ahí plantea que el fin de la mayéutica es conducir y posibilitar el "engendramiento" de pensamientos en el alma de los interlocutores.
Los niños, desde siempre, gracias a una sabiduría natural y sin conocer la mayéutica de Aristóteles, practican incesantemente este método. Por eso la preocupación constante de los padres de saber qué responder, cuando las preguntas son comprometedoras, de temas tabú, o por la simple razón de no tener la respuesta adecuada en ese momento. Recuerdo un niño que, con la mayor ingenuidad, cruzaba la calle de la mano de la mamá y en medio de una vorágine de automóviles la increpó con la pregunta ¿Qué es hacer el amor?
Preguntar (del latín percontari ) se define como "demandar e interrogar a uno para que diga y responda lo que sabe sobre un asunto". Además, desde el punto de vista gramatical, en el lenguaje escrito la pregunta debe ir acompañada de signos especiales y, cuando se trata de lenguaje oral, con una inflexión en la voz que el interlocutor reconoce de inmediato. En síntesis, la lógica implica que se pregunta para obtener respuesta sobre algo que se desconoce.
Desconocimiento del método. Toda esta introducción, aunque parezca verdad de perogrullo, es para plantear que en nuestro medio muchas personas no manejan el método de la dinámica pregunta-respuesta. El caso más común al que me referiré pero ejemplos abundan y en todos los contextos sociales y académicos sucede en ciertos programas de televisión que he visto y oído con detenimiento para llegar a las conclusiones que propongo. Deduzco, porque no soy del medio, que quienes están a cargo de los programas que dan al televidente la opción de preguntar, indagan sobre variadas problemáticas de la actualidad, que fluctúan desde el tema o problema del adulto mayor, juventud, adicción, sordera, insomnio, hasta el cobro de recibos, problemas con talleres de arreglo de utensilios, etc. Deduzco de nuevo que, luego de detectado y estudiado el problema, se busca un especialista en la materia. A partir de un guión, el entrevistador del programa introduce el tema y continúa con una serie de preguntas concretas y pertinentes que el especialista invitado desarrolla respondiendo con claridad. Hasta este momento todo va muy bien; es un servicio a la comunidad y su diversidad hace que encontremos temas que nos atañen y nos interesan.
Pero siempre hay un pero todo lo anterior parece desplomarse cuando se le abre el espacio, vía telefónica, al público televidente. Lo digo con toda sinceridad: muy pocas personas (insisto en que también en otros medios) saben lo que es preguntar. En el caso que nos ocupa, la inmensa mayoría, cuando tiene acceso a la línea, cuenta una historia personal alusiva al tema, la cual convierte en extensos relatos, llenos de detalles innecesarios que no logran aterrizar en la pregunta. En otras ocasiones, para contextualizar su problema, se remontan a la experiencia de los ancestros lejanos y, cuando se cree que se ha llegado a la esperada pregunta, ésta no se da o el "preguntador" se la ha contestado a si mismo, se le ha olvidado o no procede.
Ejemplos hay miles. Y, no lo niego, los directores del programa a quienes se les nota cierta incomodidad por el exceso de narración del interlocutor se ven en la necesidad de hacer llamados tratando de inducir a la pregunta.
¿Qué sucede entonces? Simplemente que la dinámica del programa pierde efectividad porque, al aportar los participantes sus experiencias individuales, están cubriendo un campo que ya de antemano había sido detectado en forma "macro" por los organizadores del programa. Por lo tanto, el proceso se revierte: el público le está comunicando al experto y a los organizadores, paradójica y redundantemente, problemas ya visualizados de antemano por ellos mismos, y a los oyentes historias que no interesan. Todo ello conduce a que se pierda la oportunidad de conocer respuestas significativas y que el valor educativo del programa se convierta más bien en espacio de "catarsis" para quienes necesitan ser oídos.
Hay que saber preguntar y contabilizar, más que desperdiciar, ese espacio televisivo que, de paso, es muy oneroso. Preguntando aprendemos, solucionamos problemas o aclaramos dudas.
Dice Saramago en La Caverna que "salta a la vista de cualquiera que si una persona pregunta es porque quiere saber, y si quiere saber es porque tiene algún motivo...". ¿No valdría la pena hacer un programa que se llame "Aprendamos a hacer preguntas"?