A propósito de conmemorarse, un Jueves Santo, la institución del sacramento de la Eucaristía y del orden sacerdotal por parte de Jesucristo, conviene que los fieles tengamos presentes algunas reflexiones.
La Eucaristía es el mismo acto redentor de Jesús que se ofrece y se inmola en el madero de la cruz al Padre, para la redención de todo el género humano.
Cristo es el Sumo y Eterno Sacerdote que ofrece a Dios, su Padre, su sacrificio único, definitivo y eterno. Él, a su vez, es sacerdote, víctima y altar; es decir: como sacerdote, se ofrece voluntariamente; como víctima, se ofrece e inmola voluntariamente; y, como altar, Él mismo ofrece y se inmola en sacrificio.
No es repetición. Cuando los sacerdotes, que somos alter Christus y actuamos in persona cápite Christi, celebramos el Santo Sacrificio de la Misa, esta no es una repetición del acto redentor de Jesucristo en el Monte Calvario sobre el madero de la cruz, sino una actualización de la Cena del Señor que, anticipadamente, Cristo celebró con los doce apóstoles el jueves, antes de ir a su Pasión y a su Muerte Redentora el viernes.
Es decir, cada vez que un sacerdote celebra el Santo Sacrificio de la Misa, no repite, sí actualiza, no hace memoria (recuerdo), sino memorial (actualización).
Entonces, la Misa es el mismo acto redentor de Jesucristo que se ofrece e inmola en sacrificio al Padre para la redención de toda la humanidad: la de ayer, la de hoy y la de mañana. De allí que sí tiene sentido aplicar el Santo Sacrificio por los difuntos que en el Purgatorio se purifican para entrar en la presencia del Santísimo, y también por los que peregrinamos a la Casa del Padre.
¡Qué grande este misterio de nuestra Redención que debemos apreciar!
Enseñar, santificar y servir. El sacerdote (el Papa, todos los obispos y todos los presbíteros) fuimos constituidos por Él, Sumo y Eterno Sacerdote, para ser su sacerdocio; es decir, para ofrecer e inmolarse al Padre en el Santo Sacrificio de la Misa (Eucaristía). Fuimos constituidos sacerdotes para celebrar el Memorial del Señor (la Misa); de su sacerdocio participamos, siendo como Él, su sacerdocio en la triple misión de enseñar, santificar y servir. En la Misa, el sacerdote (Cristo), enseña (Liturgia de la Palabra); santifica (toda la Eucaristía es sacramento de santificación) y sirve porque Cristo vino no para que le sirvieran, sino para servir, para que todos tengan su misma vida, la vida de Dios, la Vida Eterna.
De este sacerdocio de Cristo, todos los bautizados participamos en la triple misión. Los sacerdotes en su sacerdocio ministerial (sacramento), y los fieles en su sacerdocio común.
En la Hostia Consagrada de la Misa, todos en la patena nos estamos ofreciendo e inmolando en nuestras luchas, trabajos, esfuerzos y sacrificios; con Cristo, por Cristo, con Él y en Él al Padre; somos como granitos de trigo recogidos de diversas partes del campo y triturados en el molino de la vida, para formar un solo y único pan. La Misa es el “Sacramento de nuestra fe... Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven, Señor, Jesús”.
La primera o la última. Por eso, cuando nos reunamos para celebrar en comunión el Santo Sacrificio de la Misa, hagámoslo como si fuera la primera o la última Eucaristía que celebramos con la vida de cada uno de nosotros, los bautizados, porque somos “nación consagrada, pueblo adquirido, sacerdocio real”.
Con el Santo Sacrificio de la misa, bendigamos al Señor.
La comunión (común-unión) la debemos manifestar en hechos bien concretos, incluso en los pequeños detalles que la vida nos ofrece, porque, al comulgar, me como al Cristo total y completo; a Él como Cabeza de su cuerpo, y en Él a todos los miembros de su Cuerpo, que es la Iglesia, sin excluir a ninguno ni por condición social ni por sus diferencias.