
El libre mercado tiene muchos enemigos.En algunas casos esa enemistad no encierra ningún misterio:por ejemplo, no debe sorprendernos que algunos grandes productores y negociantes utilicen su peso económico y político para conseguir que el Estado limite la competencia a la que están sujetos, o para obtener subsidios que les permitan percibir ganancias, sin tener que producir eficientemente.
En estos casos, es evidente que quienes se benefician de la intervención estatal son los miembros de un pequeño sector políticamente bien conectado, a costa del resto de la sociedad. Pierden los consumidores, que podrían pagar menos por productos de mejor calidad si el Estado no restringiera artificialmente la competencia en el suministro, y pierden los contribuyentes, cuyos impuestos pagan los subsidios que enriquecen a unos cuantos productores.
Pero aunque mucha de la oposición al libre comercio viene precisamente de productores y negociantes ricos que están ganando con la intervención del Estado, la realidad es que el libre mercado tiene también, en el mundo de la intelectualidad, muchos y muy poderos enemigos que lo denuncian en nombre de los pobres y de la justicia social.¿Por qué?
Las cuestiones económicas nos conciernen a todos, pero no todos comprendemos las nociones fundamentales de la economía.El resultado es un discurso político que demuestra gran confusión sobre cuestiones económicas elementales. Entendí esto claramente hace algunos meses al conversar sobre libre comercio con un catedrático de Física en una de las universidades más prestigiosas de los EE. UU. Si alguien se está haciendo más rico, me dijo él, tiene que ser porque está explotando a otro. Si no, ¿dé dónde estaría saliendo esa riqueza extra? Claramente el libre comercio enriquece mucho a algunos. Por lo tanto, concluyó el profesor, el libre comercio debe estar subyugando a otros. ¿Quién, que tenga la menor noción de justicia y decencia, toma el lado de los ricos en contra de los pobres?
Supuesto falso. Sospecho que este tipo de razonamiento es muy común entre los intelectuales que se oponen al libre comercio, pero parte de un supuesto que, aunque pudiera parecer lógico, es en realidad completamente falso: que la riqueza total de la sociedad es una cantidad constante, de manera que la ganancia de uno es siempre la pérdida de otro.
La riqueza, en términos económicos, en simplemente la acumulación de bienes no consumidos. En las sociedades primitivas, en las que cada persona produce únicamente lo que necesita para su consumo inmediato, la riqueza total de la sociedad es nula. Pero el libre comercio permite un enorme paso hacia adelante: la especialización, que es la fuente de toda la riqueza.
En un sistema de libre mercado, cada uno se especializa naturalmente en producir aquello en lo que tiene la mayor ventaja comparativa con respecto a los otros (o sea, aquello que puede producir con la mayor eficiencia). Luego cada uno intercambia su producto por todo lo demás que necesita o desea consumir. Esta especialización aumenta enormemente la productividad total y el resultado es que la sociedad genera mucho más bienes de los que sus miembros pueden inmediatamente gastar. Los bienes acumulados constituyen la riqueza, que forma un depósito del que todos pueden disponer a través del comercio.
Otro elemento que incrementa la productividad de una sociedad, y por consiguiente su riqueza total, es el desarrollo tecnológico, que permite producir cada día más con menor esfuerzo humano.Todas las restricciones artificiales al libre comercio se reducen a la coordinación espontánea entre los diversas partes de la economía, así como a la eficiencia y productividad de la sociedad, con la consiguiente reducción en su riqueza neta.
Esto no quiere decir que el Estado no deba jugar un papel importante en la construcción de infraestructura básica que facilite la producción y el comercio, en la protección de los sectores más débiles de la sociedad, en la educación, en la salud y en la defensa del medio ambiente, entre otros rubros. Pero oponerse al libre comercio, necesariamente significa oponerse a la generación de nueva riqueza.
Alejandro Jenkins, doctorando en Física Teórica en el Instituto Tecnológico de California (Caltech).