No se preocupe, no es para tanto. No son niñas de verdad esas que se prostituyen a los 10, 12 ó 14 años. Solo son putitas maduras. Ya sea simple ciudadano o el presidente de la República, no se sienta mal si no ha hecho nada al respecto. La cosa no era como nos la pintaban: no son niñas, solo son putitas maduras.
La tristeza infantil en sus caritas mal maquilladas o los cuerpecitos púberes que se adivinan a veces tras sus agresivas minifaldas no son lo que parecen, sino el disfraz con que se ocultan estas modernas y precoces comerciantes del sexo, tan perversas como los adultos que las violan, que las usan, que las maltratan, que viven a costa de ellas, que las compran y las venden.
No cabe ya hablar de prostitución infantil: solo son putitas maduras. Y, por favor, no se enoje conmigo, que no fui yo quien lo dijo. Fue don Édgar Mohs quien, en esta misma página, sentenció que había una diferencia radical entre los verdaderos niños y niñas que él define como los menores de 9 años que "son víctimas de adultos pervertidos, en forma de abuso sexual o agresión física o emocional" y los adolescentes mayores de 9 años que practican la prostitución.
¡Menos mal! Según el criterio de don Édgar, pasados los nueve años, ya no son verdaderas niñas esas pequeñas prostitutas, sino adolescentes. Aunque no cumplan aún los 15, estas putitas son realmente maduras, libres y perversas: "Una adolescente de la calle de 10, 12 ó 14 años puede tener el comportamiento sexual de una persona ordinaria de 24 o 25 años, en cuanto a tener conciencia de lo que está haciendo y de la libertad para hacerlo; es decir, su conducta se parece mucho más a la de un adulto perverso que a la de una niña".
De una vez por todas: estas pequeñas no son prostitutas infantiles, son tan solo putitas tan perversas como maduras. No hagamos tanta alharaca, entonces, por unas cuantas adolescentes pervertidas que, como nos dice don Édgar, "han aprendido muy temprano toda clase de vicios: mentir, robar, asesinar y pervertirse en lo sexual".
Reconozcamos que lleva razón don Édgar en buscar la precisión. No es lo mismo tener 9 años que tener 17. Ni los problemas, ni sus causas, ni sus soluciones pueden ser iguales. Pero no permitamos que la precisión nos haga perder la sensatez y la sensibilidad, porque es insensato e insensible justificar una absurda línea de madurez sexual y social que transformaría a la niña violada y agredida en una perversa y madura prostituta si, en vez de 9 años tuviera 10, 12 ó 15.
Trabajo y vicios . De hecho, para que el argumento de don Édgar fuera consecuente, debería extenderse a otros campos. El trabajo infantil, por ejemplo, solo debería ser censurado y prohibido cuando lo realizan niños de 8 ó 9 años, y no esos vagabundos adolescentes de 10 ó 12. Dado que las jovencitas que se dedican a la vida alegre maduran tan rápido que a los 10 ó 12 años actúan ya como adultas, deberíamos cambiar las leyes electorales para que las prostitutas puedan votar desde los 10 años. Y, claro, habría que autorizar la venta de licor y cigarrillos a menores, con el requisito estricto del ejercicio profesional de la prostitución. Consecuentemente insensato.
Don Édgar está convencido de que "la insistencia en el tema de la prostitución infantil y en repetir que se trata de niñas tiene sin duda la mala intención de sobredimensionar el problema, impactar a los ingenuos y dañar el prestigio del país". No creo que eso sea así. Pero aun si lo fuera, el problema es que su línea argumental conduce a un juego mucho más peligroso que la ingenuidad: el cinismo.
Y si algo no podemos permitirnos frente a problemas que sabemos trágicos y reales, aunque solo afecten a esas putitas maduras de 12 y 14 años a las que don Édgar ya no considera niñas, es precisamente el cinismo. Entendamos que las putitas maduras están ahí. Que muchas no han cumplido 15 años. Que son nuestras. Y que las hemos abandonado.