A los que el fin de año nos vuelve melancólicos, evaluar el camino recorrido y las metas pendientes es parte de la agenda obligada de los últimos días decembrinos. El año que se acaba de ir, lo terminé en medio de una naturaleza embriagante, mientras recibía la luz de fulgurantes celajes y nubes incendiadas, el mar calmo de un pequeño golfo cambiaba su color para volverse en la noche gris violáceo y transformarse en espejo perfecto de la luna llena.
En esos días y noches, la brisa tenue y el arrullo constante del mar me acompañaron en la lectura del ensayo de Arturo Uslar Pietri "Golpe y Estado en Venezuela", que nos muestra la historia reciente de un país con "una primera y fundamental paradoja: la de un Estado cada vez más rico y dispendioso en un país mayoritariamente pobre y atrasado".
Contraria a la aspiración de tener en la lectura un solaz del espíritu, este ensayo me estremeció hasta la médula. Corrupción, enriquecimiento ilícito dentro y en torno del aparato del gobierno, donde altos funcionarios involucrados ni siquiera han llegado a los tribunales. Un gobierno incapaz de organizar servicios públicos adecuados: "ni las escuelas, ni los hospitales, ni el servicio de agua, ni las oficinas públicas, ni el correo, ni los teléfonos, funcionan de manera medianamente aceptable. Se puede decir sin exageración que ningún servicio público funciona de manera eficiente".
Paradoja continental. Sobre América Latina, Uslar nos hace ver la paradoja de que "un continente que tiene todos los elementos posibles para su desarrollo y prosperidad, se debata hoy en el endeudamiento, la crisis económica y la desesperanza política". Plantea la necesaria "reestructuración a fondo de las instituciones democráticas que asegure su efectivo funcionamiento, para empezar a resolver las grandes cuestiones que han entorpecido y desviado su progreso".
El canto de un pájaro nocturno y la más hermosa vista de la que tengo recuerdo del mar de este país, se encargaron de decirme que los niveles de pobreza y de violencia en Costa Rica no son aún -Dios no lo quiera- los de otros países de América, y que es urgente ponerle fin a las múltiples acciones que desgarran a la Patria.
Dice nuestro poeta Debravo, en sus "Consejos para Cristo al comenzar el año":
Debieras ordenar
que haya más siembra
de esperanza y amor,
y menos guerra
y crimen en el mundo.
(...)
Muchos niños se caen en el pozo
del hambre y de la muerte, noche
a noche.
Muchos hombres fallecen en aceras
olorosas a alcohol, negros y pobres.
Muchas mujeres compran pan y carne
con el sexo blenorrágico y deforme.
Los más fuertes hornean capitales
quemándole los dedos a los pobres.
(...)
A mí, personalmente, me parece
que deben acabarse estos suplicios.
Venezuela es ejemplo del extremo; de un país rico sumido en la miseria.
En los buenos propósitos que como personas acostumbramos hacernos al iniciar cada año, deberíamos incluir nuestro ineludible compromiso contra la corrupción, la impunidad y el tráfico de influencias; nuestra inagotable tarea para recuperar la eficiencia en el servicio público, el cumplimiento de la ley y el liderazgo. Sólo así podremos contarle a las futuras generaciones que la pobreza, la miseria, la injusticia y la corrupción son historias propias de un viejo milenio, porque en el nuevo han de reinar la paz, la solidaridad, las oportunidades y la justicia social.