Un mundo, que una vez estaba regido por las leyes y sabiduría de la naturaleza, se ve oscurecido hoy por los cambios biotecnológicos, cuyas fronteras éticas parecen estar a la deriva y hacen más difícil persuadir a quienes deciden sobre la clonación humana y la experimentación embrionaria, justamente con los más indefensos de la especie en los primeros días de existencia. Es el producto absurdo de la inteligencia humana o, como diría L. R. Kass, “lo repugnante de la sabiduría”. Es la máxima degradación de nuestra especie a una cosa, sujeta a todo tipo de manipulación. Es también el resultado de la mediocridad o la pereza mental de pensar en la causa ética de la clonación humana o, peor aún, el resultado de querer engrandecer el ego de algunos o la avaricia de otros.
Ian Wilnut, creador del primer mamario autoincestado, reproducido mediante transferencia nuclear, propone hacer clones humanos y llevarlos hasta el estado embrionario para ser objeto de experimentación y sacar de ellos células madres. El mismo autor opina que en este estado el embrión no es más que una masa amorfa de unos cientos de células aún no diferenciadas; es más, enfatiza que en ese momento el sistema nervioso aún no ha comenzado a diferenciarse y el embrión aún no siente dolor. Valiéndose de los posibles beneficios médicos que podrían lograrse de la clonación y del sacrificio del ser humano resultante, tales como el tratamiento de enfermedades como el mal de Parkinson o la distrofia muscular, trata de justificar la experimentación con embriones humanos resultantes del autoincesto.
Choques filosóficos. Los retos esenciales que afronta la Bioética en el concepto de persona son: ¿Qué o quién es un embrión? ¿Cuándo se es persona humana? ¿Hasta qué punto es lícita la intervención tecnocientífica en la vida humana? Los avances biotecnológicos han lanzado nuevos retos filosóficos del antiguo problema del ser y de la persona humana en el campo del Bioderecho y la Bioética. Como indica cualquier texto de Embriología, la vida comienza en el momento en que un espermatozoide entra al óvulo y comienza la actividad bioquímica que resultará eventualmente en un nacimiento. Un adulto cuando era niño no era una cosa, era el mismo ser humano; no era un humano en potencia, era el mismo ser humano en diferente estado de crecimiento, con el mismo genotipo que cuando tenia tan sólo un día de existencia; así, un embrión humano no es una masa amorfa de células desorganizadas y, por tal, no es una cosa, es un humano en sus primeros estados de crecimiento. La sensibilidad de este embrión, tenga o no desarrollado el sistema nervioso, así como la independencia y la unicidad, no son bases científicamente válidas para justificar la discriminación de un ser humano con base en en su estado de desarrollo.
Los conocimientos de Biología Molecular y diferenciación celular indican que el embrión humano es un individuo humano que contiene en sí toda la información para su desarrollo dentro y fuera del útero. Este embrión no es un humano en potencia, es un humano, o se acepta que es humano. Se acepta que no es si biológicamente no es posible explicar un cambio interespecífico; entonces se debe aceptar que el embrión es persona humana, con derecho a ser tratado dignamente como tal.
Ataque al embrión. El principio del doble efecto, utilizado para explicar los efectos deseados y no deseados, resultado de un acto humano, no es aplicable al uso del clonaje humano con fines terapéuticos; tampoco lo es a la manipulación embrionaria que ponga en peligro la vida y buen funcionamiento del embrión pues este principio establece que el mal causado no debe ser intencional y que el mal a causar debe prevenirse razonablemente, de forma tal que el justificar el bien resultante de la experimentación embrionaria, resultado o no del autoincesto, es éticamente errónea porque es un ataque directo e intencional al embrión.
Muchas especies de animales protegen por instinto a sus crías, se preparan adecuadamente para su nacimiento y las cuidan hasta que puedan valerse por sí mismas. Lo misterioso del ser humano es que, como género, no hace lo mismo; al contrario, los mata antes de nacer, experimenta con ellos como con una cosa. Es el misterio del mal, que el hombre, al ser llamado por el orden racional a hacer el bien, opta voluntariamente por el mal, por su autodegradación. No porque el conocimiento nos permita hacer algo indica que deba hacerse, no porque podamos clonar humanos o fertilizar in vitro o realizar abortos de la forma más segura e indolora para la mujer necesariamente deben hacerse. El hombre de principios, como menciona P. Ramsey, señala las cosas que el hombre nunca debe hacer pues las cosas buenas que los hombres hacemos deben hacerse necesariamente solo a través de las cosas buenas y no de las perversas.