Como el mago en el circo, algunos juegan con la palabra creando fuegos de artificio y apariencias deslumbrantes para simular lo que no existe. En política para manejar a las masas crédulas, acostumbradas al entretenimiento y a no pensar, en la actividad criminal para montar fraudes, y, extrañamente también, en los predios del pensamiento académico -que debiera ser más cauto- para hacer afirmaciones que pasan por conocimiento sin serlo.
Algunos sectores de las ciencias sociales, envidiosos de la física y la matemática, desde mediados de siglo trataron de crear una supuesta ciencia basada en postulados desde los cuales deducir el conocimiento. Naturalmente que no pudieron porque la naturaleza de sus distintos objetos de conocimiento es diferente, pero entonces lo aparentaron con nubes de palabras supuestamente científicas pero que nada significan. A este factor causal se agregaron después los intereses creados y la ideologización del conocimiento, según lo diremos más adelante. Por eso, algunos sectores de la sociología, la pedagogía, la planificación y el análisis económico, la filosofía y el análisis literario están infestados de palabrería que impresiona, pero sólo a quienes no se toman la molestia de pedir cuentas, porque entonces todo se desmorona.
Las imposturas intelectuales. Esto lo han hecho con la más reciente filosofía francesa los físicos Allan Sokal y Jean Bricmont en el libro Las Imposturas Intelectuales, actualmente objeto de furiosos debates en Francia. Allan Sokal es el mismo que le jugó el año pasado una mala pasada a la revista americana Social Text -sanctasanctórum de est as sectas- que le publicó como ciencia un artículo elaborado con la jerga, pero que contenía deliberadas y gruesas incorrecciones físicas, lo que fue objeto de una carcajada general en el mundo internacional del pensamiento.
El libro ataca sin misericordia las vacas sagradas del pensamiento francés contemporáneo: a los filósofos Gilles Deleuze y Regis Debray, los sociólogos Jean Baudrillard y Jacques Latour, los psicoanalistas Jacques Lacan y Felix Guattari, la semiótica Julia Kristeva. "Nos proponemos decir que el emperador va desnudo" dicen en la introducción; "queremos deconstruir" la reputación de esos textos de ser difíciles porque son profundos. Demostramos que si parecen incomprensibles es por la sencilla razón de que no tienen nada que decir"... "Muestran una erudición superficial lanzando palabras al lector en un contexto en que no tienen relevancia. Sufren una verdadera intoxicación con palabras, combinada con una soberbia indiferencia a su significado".
Las vacas sagradas que así son llevadas al matadero cometieron el grave error de pontificar sobre cuestiones científicas ajenas a su campo, en que su palabrería no les brinda protección ninguna. Jacques Lacan es criticado por "mezclar arbitrariamente palabras claves de teorías matemáticas sin el menor cuidado por su significado"; la señora Kristeva por "tratar de impresionar al lector con palabras científicas que ella manifiestamente no entiende"; Gilles Deleuze, por usar "términos muy técnicos fuera de contexto y sin ninguna aparente lógica".
En el Barrio Latino y en la rivera izquierda del Sena están naturalmente muy alborotados y contestarán, por supuesto, con el único armamento a mano: más y más palabrería, porque con conceptos claros y precisos no se puede jugar, como ya desde hace mucho Descartes se los había advertido.
Desnudez y vaciedad. ¿Cómo es posible que esto pase? ¿Cómo es posible que encumbradas autoridades con las que muchos se persignan, puedan decir tonterías sin que nadie en su campo se atreva a contradecirles, y tengan que hacerlo extraños ajenos a su magia o a la droga con que todos se intoxican? ¿Cómo es posible que esto ocurra en predios académicos en que se supone que priva el pensamiento objetivo y racional?
No es por falta de raciocinio, porque se trata de gente muy inteligente; tampoco por falta de información, porque es fácil enterarse de la corrección de los términos que se están utilizando. Obviamente el motivo anda por el lado ideológico: se cree en los prestidigitadores porque se quiere creer en lo que dicen; se los acepta porque sustentan las ideas preconcebidas que filosófica o políticamente, o por cualquier tipo de interés se estiman correctas. De esta manera se erige en autoridades a los predicadores de la doctrina en la que el querer congrega, no a quienes se lo ganan por convencimiento objetivo. Es el retorno de la irracionalidad, centrada esta vez en el interés, bajo la impostura de "ciencia". Como la antigua mezcla entre dogma y ciencia está desacreditada, los ideólogos encubren los dogmas con que manipulan su interés, con el manto falso de ciencia.
Por ello, cuando quien, como los autores de este libro incendiario -en el papel del niño que se atreve a decir la verdad, de la historia del emperador que iba desnudo creyendo que llevaba un magnífico traje- retornan al criterio académico de objetividad y razón, y piden cuentas estrictas a los prestidigitadores, termina el carnaval de los palabras y todos los que desfilaban intoxicados quedan expuestos en su desnudez y vaciedad.