
Las guerras en Oriente Medio no solo han destruido países; también han destruido riqueza a escala global.
Durante décadas, los contribuyentes estadounidenses han financiado intervenciones militares, bases, armamento y conflictos que poco tienen que ver con la defensa directa de su propio territorio.
Cada guerra implica más deuda pública, más emisión monetaria y más recursos desviados desde la economía productiva hacia la maquinaria militar del Estado.
El resultado es siempre el mismo: menos inversión, menos productividad y más inflación que termina pagando el ciudadano común, incluso fuera de Estados Unidos.
En nombre de la seguridad de Israel, Washington ha asumido el papel de policía regional durante generaciones. Pero la seguridad de un país –por legítima que sea– no debería convertirse en una obligación permanente para los contribuyentes de otro.
Desde una perspectiva libertaria, la política exterior debería ser simple: no intervenir, no subsidiar conflictos ajenos y no obligar a los ciudadanos a financiar guerras que no eligieron.
Mientras las decisiones de guerra sigan socializando los costos entre millones de contribuyentes, las élites políticas siempre tendrán incentivos para seguir peleando.
Quejarse del aumento de la migración musulmana hacia sus fronteras no tiene sentido si, al mismo tiempo, no se deja de bombardear y desestabilizar países árabes.
Si Occidente realmente quisiera reducir las presiones migratorias, la política más simple sería también la más obvia: dejar de destruir países.
La paz, como el comercio, prospera cuando los Estados dejan de intervenir.
Andrés Pozuelo es empresario.