
A los 60 años, mi padre fue ordenado al sacerdocio de la Iglesia Episcopal Anglicana, después de una vida entera dedicada a la educación. Fue un hombre de gran espiritualidad y excelente humor. Llevo grabadas en mi memoria tres imágenes de él: una cotidiana, de rodillas al despertarse en la mañana y antes de acostarse en la noche, con su Libro de Oración Común; otra extraordinaria, cuando enterraba a su mejor amigo y repetía, en voz temblorosa, “Hombre, polvo eres y al polvo volverás”; y otra desternillado (de risa) ante la confusa incredulidad de mi hermano y yo, a los diez y cinco años, cuando nos contó que él había sido blanco, pero se volvió negro por la explosión de un cañón que manejaba en la Primera Guerra Mundial. Cuando pensaba casarme, a los 24 años, le dije que estaba enamorado, pero no me sentía preparado para ello. Él, que también estaba enamorado de Angelita, me dijo, con un brillo en sus ojos: “Róger, sabes que yo me casé con tu madre a los 40 años. ¡Y tampoco estaba preparado!”.
Si ustedes, amables lectores y lectoras, se acercaran a la iglesia El Buen Pastor, a la vuelta de la Caja del Seguro Social, cualquier domingo entre 8 y 11 a. m., verán a algunas “viejitas” en intensa actividad, moviéndose entre el templo y la casa parroquial. Yo las llamo “viejitas” por cariño, pero algunas de ellas no lo son tanto. El asunto es que casi todas, desde hace por lo menos 20 años, me han venido expresando su deseo que les sirva como ministro ordenado. Siempre les respondía, con toda franqueza, que no tenía las condiciones o requisitos para ello; en mi caso era especialmente cierto aquello de “hijo de pastor no sirve de mentor”, o algo así. No obstante, siempre insistían, doña Edith (q. e. p. d.) más que todas; y ya me imagino al “embarcador” de mi padre –a quien le hubiera gustado mucho la idea– diciendo: “Róger, ¡yo tampoco tenía los requisitos y condiciones!” (véase acepción 3 fig. de “embarcar”, Diccionario de la Real Academia).
Doctrina exigente. Hace más de diez años, escribí en esta página lo siguiente: “El cristianismo es una doctrina exigente. Y el cumplimiento de su versión más elevada y pura, reconozcámoslo, es improbable para la gran mayoría de creyentes.
“Me refiero a conocidos principios como estos: amar al enemigo; dar en lugar de recibir; entregar todo a los pobres; ante una bofetada, poner la otra mejilla. Esto es lo que llamo cristianismo máximo, el de los santos y mártires. Es la cruz y el privilegio de una élite pequeñísima –posicionada allá en el horizonte lejano que nos separa a los humanos de los ángeles– y su función noble es señalar la infinitud del alma.
“Pero es difícil creer que Dios encarnó en Cristo, para sufrir y morir solamente en beneficio de una diminuta minoría. Debe haber una versión de cristianismo menos severo y más factible, que podríamos llamar “mínimo”. Quizás el mismo Jesús nos dio la pista en su llamada Regla de Oro: ‘Así, pues, hagan ustedes con los demás como quieren que los demás hagan con ustedes’.
“Este principio es, en el fondo, búsqueda de intercambio fraternal, según el cual quien profesa el cristianismo toma la iniciativa y acepta las consecuencias. Está dispuesto a dar a los demás lo que él quisiera recibir, consciente de la posibilidad de no ser correspondido. Y ni pide ni acepta del prójimo más de lo que está preparado para dar.
“Cuando el prójimo llama responde con alegría. Al ser convocado para causas justas, acude con ilusión. Pero sabe, en cada momento, que ha dado sólo un paso; y el horizonte a mil leguas tira de su alma. Ante el infinito (ya decía Goethe), ‘ . . . lo más que puede hacer el hombre es admirar’. Entonces, con el corazón humilde, pide perdón a Dios. Y Dios le da el perdón.
Así, por mi padre y las “viejitas”, sabiendo que no soy digno, fijaré la vista en una estrella, aunque no la pueda alcanzar.