Hace años no se oyen el gran órgano de la catedral metropolitana ni el de la basílica de Nuestra Señora de los Ángeles con su octava de campanas. Hace años están arruinándose lentamente los órganos tubulares de varias iglesias. Hace años se dejaron abandonados, hasta la desaparición de sus tubos, y son poquísimos los templos que mantienen sonando los órganos tubulares; prefieren una organetilla cualquiera a la magnificencia del sonido de un tubular, porque se ha creído que popular es lo mismo que despreciar las cosas buenas.
Por dicha este lamento tiene como consuelo una excepción: en Grecia, donde un mecenas mantiene en buen estado el órgano tubular, y este sirve para la liturgia, fin principal de su adquisición, y para la cultura, porque los festivales de música para órgano y orquesta se llevan a cabo allí.
Belleza del sonido. Se necesitan con urgencia mecenas, como el de Grecia, para que se puedan seguir oyendo en las funciones sagradas las bellezas del sonido de un órgano tubular, que nunca han logrado los órganos modernos, por más que se han esforzado en imitar ese sonido. Santo Domingo de Heredia, La Inmaculada de Heredia, El Carmen de Heredia, Tibás, El Carmen de San José, La Merced, Coronado, San Marcos de Tarrazú, Tejar de El Guarco, San Pedro de Montes de Oca, San Ramón, para citar unas iglesias, lograron adquirir órganos tubulares, sepa Dios con qué dificultades. ¿Es posible que en esta época no podamos recobrar lo que con tanto sacrificio se adquirió?
Sé que suenan los órganos de Palmares, de la catedral de Cartago, de la capilla Don Bosco en San José, del convento de los Capuchinos y, naturalmente, de Grecia, pero ¿no es cierto que los grupos musicales prefieren llevar sus instrumentos cuando van a “matar un chivo”, como dicen los músicos en su jerga, al referirse a un servicio profesional de música? ¿No es cierto que se prefiere cualquier tipo de música a la dificultad de tener un organista connotado, que los hay?
Especificidad litúrgica. Lejos estoy de emular la tristeza de algunas iglesias en las que solo se llenan las naves para conciertos. Más bien abogo por que se vuelvan a usar los grandes instrumentos, que tienen una especificidad litúrgica que no encontramos en otros.
Qué falta hace que Bernardo Ramírez y el padre Ijurco de los Capuchinos tomen cartas en la reparación de los órganos tubulares, ellos que entienden de eso. Qué falta hace don Juan Bansbach, que podía decir con legítimo orgullo: “von Beruf bin ich Orgel-Bauer” (“de profesión soy constructor de órganos”).
¿Aparecerán los mecenas que sostengan los órganos tubulares que quedan? Lo último que se pierde es la esperanza…