
Hace unos años, mucho antes de lostsunamis , unos ticos estuvimos de visita en varias ciudades de Indonesia. Al iniciar el trámite de registro en un hotel en la isla de Bali uno de los mozos, con la mirada fija en nuestros pasaportes, preguntó en un inglés medio cortado si Costa Rica era un país. “ Yes !”, respondió uno de los compañeros, quien había sido diputado por el Partido Liberación Nacional. “¡Costa Rica, Óscar Arias, Nobel Prize!”, agregó. Pero el joven chinito seguía tan ignorante... hasta que su compañero de mostrador le dijo “ Costa Rica, Concacaf !” y la mirada, y sonrisa, del primero indicó que le había caído la peseta.
Internamente ocurre algo similar: pocos conocen el nombre de los diputados que ellos mismos contribuyeron a elegir, o a los ministros de turno, pero sí saben quién es Hernán Medford.
De la cancha a la curul. Las dos grandes pasiones de los ticos –política y futbol– tienen poco en común y quizás deberían tener más. A los jugadores de futbol se les ve a menudo y su desempeño puede ser razonablemente juzgado –criticado o alabado– por mucha gente. Al espectador no se le tiene que decir quién es esforzado y hábil; quién, inseguro en la definición o “tieso”, ni quién anotó un autogol, pues al verlos jugar ya se ha formado su propio criterio.
En futbol hay casi plena transparencia; en política, muy poca. En la Asamblea Legislativa muchos diputados votan en grupo, sin razonar su voto; son pocos los que parecen tener opinión propia; muchas veces no saben formar “equipo” con sus compañeros de fracción y actuar conforme a los planteamientos de campaña. Peor aún: muchos partidos no hacen planteamientos de gobierno ni siquiera durante la campaña y por eso mismo no hay contra qué juzgar su desempeño.
Lujos diputadiles. En la Asamblea Legislativa, muchos diputados se dan el lujo de botar bolas, cometer fouls, fingir lesiones, perder tiempo, sin que de ello el ciudadano promedio se entere. Por eso algo tan importante como el TLC no ha sido votado. En futbol uno ve ese tipo de actuación y puede silbarle a quien así procede.
Mucha gente experimenta un ligero desencanto con nuestra democracia (“el gobierno del pueblo y para el pueblo”). El desencanto parece obedecer a varias causas: un nubarrón de ineficiencia operativa hoy impide que se gobierne; se cree que algunas altas figuras políticas han abusado de su poder; dirigentes de sindicados públicos consideran que las unidades que dan empleo a sus miembros son de estos, que su fin primordial es servirlos, y solo residualmente al resto de los costarricense.
En suma, inconscientemente, el tico promedio siente que se retrocede en asuntos fundamentales para cuya atención se creó la figura del Estado, como son la seguridad ciudadana, la infraestructura básica, la educación pública y la disciplina en centros educativos, entre otros.
¿Qué hacer al respecto? El gobierno del pueblo y para el pueblo debe ser capaz de gobernar. Sobre el desempeño de los servidores públicos y de las instituciones, los ciudadanos tienen que ser debidamente informados. Al Gobierno malo se lo cambia en las urnas. Los servidores públicos deben responder por sus actuaciones. Los desvíos de la recta conducta deben ser penalizados con tarjetas amarillas y hasta con rojas.