En diciembre de 1971 la opinión pública debatía una propuesta del presidente José Figueres para establecer relaciones comerciales y diplomáticas con la Unión Soviética (URSS). Eran los tiempos de la Guerra Fría, y Estados Unidos no veía con buenos ojos que los países del continente americano –llamado por algunos su “patio trasero”– dieran tales muestras de independencia en política exterior. Pero don Pepe, preocupado por los excedentes de café que no encontraban mercado, había sondeado la posibilidad de un trueque de café por maquinaria agrícola y vehículos de fabricación rusa, en lo que tenía el apoyo del sector cafetalero. Además, para ese entonces, ya varios países de peso en la región tenían relaciones con la URSS, incluyendo México, Colombia, Venezuela, Brasil, Perú, Chile y Argentina, entre otros, y Costa Rica no tenía por qué ser menos.
Pero en nuestro país, sectores “anticomunistas” como el Movimiento Costa Rica Libre, se oponían radicalmente y denunciaban al gobierno de Figueres por lo que consideraban era “entregar el alma al diablo”, al aceptar una embajada Rusa que “nos llenaría de agentes propagandistas del comunismo” y acabaría con nuestras libertades. Una manifestación de señoras vestidas de negro desfiló por la avenida central, de luto por la inminente muerte de nuestra democracia.
Prudencia de novato. En el Consejo de Gobierno a celebrarse la primera semana de diciembre de 1971, sería punto principal de la agenda la posible apertura de relaciones con la URSS. Acababa yo de regresar al país para asumir el cargo de ministro de Obras Públicas, después servir varios años en organismos internacionales, y me tocaría debutar con la discusión de un tema altamente polémico, junto a figuras de la talla de los vicepresidentes Manuel Aguilar Bonilla y Jorge Rossi, y de ministros como Danilo Jiménez, Gonzalo Facio, Alberto Cañas, Lalo Gámez, Fernando Valverde y José Luis Órlich. Me sentía como el novillero que entra a alternar con toreros consagrados, por lo que debía ser prudente.
No obstante, cuando hube de opinar, apoyé la tesis de la apertura, que en definitiva prevaleció, invocando que, si nuestra democracia tenía raíces profundas y bien fundamentadas, no había por qué temer que nos vinieran a convencer con otras doctrinas; además, dije que en ese momento solo algunas dictaduras y banana republics no tenían relaciones con la Unión Soviética. ¿Queríamos pertenecer a ese “club”?
Ganar respeto. Pero tal vez el principal argumento esgrimido fue que, al observar las relaciones entre EE. UU. y los países centroamericanos, era notorio que Wash- ington designaba embajadores en Guatemala –país complejo y de tendencias revolucionarias– a diplomáticos de alta jerarquía y experiencia, mientras que a la Nicaragua del general Somoza –visto como incondicional– había enviado un politicastro de tercer orden. En Costa Rica, también a veces
taken for granted, estaba de embajador un exagente de seguros que había pagado más de $100.000 a la campaña de Nixon para aspirar al puesto. O sea que al país difícil o inestable –Guatemala– se enviaban embajadores de lujo, y a los países vistos como incondicionales se mandaban segundones. Si queríamos ser respetados, Costa Rica tenía que mostrar independencia en política exterior, con apego a sus principios y tradiciones, sin que tuviera que ir en detrimento de sus relaciones con los países amigos.
Como epílogo a la decisión tomada, el embajador agente de seguros fue retirado, y EE. UU. nos envió diplomáticos de categoría como Viron Vaky y Terence Todman, tradición que ha continuado desde entonces. Mientras, se establecieron relaciones con la URSS, que acreditó a Vladimir Kasimirov como embajador, con beneficio para el país y relaciones respetuosas, sin que nadie se convirtiera a otras ideologías, como vaticinaban las aves agoreras. Esta actitud de independencia en la política exterior de Costa Rica debe seguir vigente.