
La campaña para las elecciones presidenciales se está calentando y, con ella, el debate sobre el poder americano. Hace un año, tras la victoria relámpago en la guerra de Iraq, que solo duró cuatro semanas, muchos pensaron que la cuestión había quedado zanjada, pero las posteriores dificultades en Iraq –y en las relaciones exteriores de los Estados Unidos en general– han situado ese asunto en el centro de la campaña electoral.
Resulta difícil de recordar, pero hace algo mas de un decenio, la opinión establecida –tanto dentro como fuera de los Estados Unidos– sostenía que este país estaba en decadencia. En 1992 el ganador de las elecciones primarias en New Hampshire sostuvo que “la guerra fría ha[bía] concluido... y el Japón la ha[bía] ganado”. Cuando publiqué Bound to Lead en 1990, predije el ascenso continuo del poder americano, pero hoy considero igualmente importante poner en duda la nueva opinión establecida de que los Estados Unidos son invencibles y de que el “nuevo unilateralismo” debe inspirar su política exterior.
Después del hundimiento de la Unión Soviética, algunos analistas calificaron de unipolar el mundo resultante y vieron pocas limitaciones al poder americano. Se trata de una falsa apariencia. El poder en una era de la información mundial se distribuye entre los países conforme a un modelo que se parece a una compleja partida de ajedrez tridimensional.
El poder militar. En el tablero de arriba, el poder militar es en gran medida unipolar. Los Estados Unidos son el único país con unas fuerzas aéreas, navales y terrestres ultramodernas, aptas para un despliegue mundial... lo que explica la rápida victoria en Iraq el año pasado, pero en el tablero del medio el poder económico es multipolar y en él los Estados Unidos, Europa, el Japón y China representan las dos terceras partes de la producción mundial. En ese tablero económico otros países contrapesan con frecuencia el poder americano.
El tablero de abajo es el ámbito de las relaciones transnacionales que cruzan las fronteras y quedan fuera del control de los gobiernos. En el extremo benigno del espectro, ese ámbito comprende a agentes tan diversos como los banqueros que transfieren grandes sumas electrónicamente; en el otro se encuentran los terroristas que transfieren armas o los piratas informáticos que desbaratan el funcionamiento de la red Internet.
En ese tablero de abajo, el poder está muy disperso y resulta absurdo hablar de unipolaridad, multipolaridad o hegemonía. Quienes recomiendan una política exterior unilateral de los Estados Unidos basada en esas descripciones tradicionales del poder americano se basan en un análisis lamentablemente inadecuado.
Muchos de los desafíos reales al poder americano no se están produciendo en el tablero militar de arriba, en el que se concentran los unilateralistas, sino en el de abajo. Resulta irónico que la tentación de actuar por sí solo debilite en última instancia a Estados Unidos en esa esfera.
¿Por qué es así? La actual revolución de la información y el tipo de mundialización que la acompaña están transformando y empequeñeciendo el mundo. Al comienzo del siglo XXI, esas dos fuerzas aumentaron el poder americano, en particular la capacidad para influir en los demás mediante un poder atractivo o “blando”, como yo lo llamo, pero con el tiempo los avances tecnológicos se propagarán a otros países y pueblos, lo que reducirá la relativa preeminencia de los Estados Unidos.
Por ejemplo, en la actualidad la población americana, que representa el cinco por ciento de la mundial, comprende más de la mitad de todos los usuarios de la red Internet, pero dentro de uno o dos decenios el chino puede llegar a ser la lengua del mayor número de usuarios de dicha red. No destronará al inglés como lingua franca, pero en algún momento el mercado asiático resultará mayor que el mercado occidental.
Cosa aún más importante: la revolución de la información está creando comunidades y redes virtuales que cruzan las fronteras nacionales y las empresas transnacionales y los agentes no gubernamentales –incluidos los terroristas– desempeñarán papeles más importantes. Muchas organizaciones tendrán un poder blando propio, al atraer a ciudadanos en coaliciones que crucen las fronteras nacionales.
Los ataques terroristas a Nueva York, Washington y ahora Madrid son síntomas terribles de los cambios profundos que se están produciendo. La tecnología ha ido diluyendo el poder de los gobiernos y habilitando a personas y grupos para que desempeñen papeles en la política mundial –incluida una destrucción en gran escala– que en tiempos estaban reservados para los gobiernos. En los últimos años, la privatización ha sido el Leitmotiv en la política económica, pero en política la privatización de la guerra es el terrorismo.
Colaboración inevitable. Además, a medida que la mundialización reduce las distancias, los acontecimientos en lugares lejanos –como Afganistán– tienen repercusiones mayores en la vida de todo el planeta. El mundo ha pasado de la guerra fría a la era de la información mundial; sin embargo, los paradigmas predominantes en materia de política exterior ciertamente no han avanzado al mismo paso.
Las actuales redes mundiales de interdependencia en aumento están añadiendo asuntos nuevos a los programas nacionales e internacionales; los estadounidenses por sí solos no pueden resolver , sencillamente, muchos de ellos. La estabilidad financiera internacional es decisiva para la prosperidad, pero los Estados Unidos necesitan la cooperación de los demás para garantizarla. En un mundo en el que las fronteras están pasando a ser más porosas que nunca para todo –desde las drogas al terrorismo, pasando por las enfermedades infecciosas–, los estadounidenses se verán ciertamente obligados a colaborar con otros países fuera de sus fronteras.
Con su ventaja en la revolución de la información y su inmensa inversión en los recursos tradicionales del poder, los Estados Unidos seguirán siendo el país más poderoso del mundo hasta bien avanzado este siglo. Si bien se pueden crear coaliciones para contrarrestar el poder estadounidense, no es probable que lleguen a ser alianzas firmes, salvo que los Estados Unidos manejen su fuerte poder coercitivo de una forma unilateral y altanera que socave su poder atractivo o “blando”.
Joseph Nye, decano de la Escuela Kennedy de Gobierno de la Universidadde Harvard y antiguo subsecretario de Defensa de los Estados Unidos, es autor del libro de próxima publicación: Soft Power: The Means to Succes in World Politics ("El poder blando: el medio para triunfar en la política mundial").
© Project Syndicate, marzo del 2004.