Muchos se sienten más tranquilos cuando mantienen un cierto o un gran escepticismo ante posibles respuestas a cuestiones fundamentales como la vida, la familia, el destino del ser humano, la dignidad humana o el comportamiento moral. En el ambiente a veces se percibe una cierta hostilidad a la verdad. Cómodamente algunos la desprecian y quizá con el poeta Campoamor afirman: En este mundo traidor / nada es verdad ni es mentira; / todo es según el color / del cristal con que se mira.
Todos los 28 de enero, la Iglesia Católica nos recuerda a Santo Tomás de Aquino. Fue un hombre que no renunció a buscar la verdad… una verdad que es posible porque existe la realidad. La filosofía del ser expuesta por el Aquinate encuentra su fuerza y perennidad en el hecho de fundarse en el acto mismo de ser, que permite la apertura plena y global hacia la realidad. Tomás de Aquino tiene una actitud básica que da razón de la permanente actualidad de su pensamiento: como la realidad es multilateral, como tiene una ilimitada multiplicidad de aspectos, la verdad no puede ser agotada por ningún conocimiento humano, sino que queda siempre abierta a nuevas formulaciones.
Cuerpo vivo.La verdad que los seres humanos hemos ido alcanzando sobre las cosas no ha sido descubierta de una vez por todas, sino que es un cuerpo vivo que crece y que está abierto a la contribución de todos. El núcleo de la filosofía de Tomás de Aquino nos lleva a plantearnos que cada uno puede contribuir personalmente al crecimiento de la humanidad mediante su esfuerzo en la profundización de la verdad y esto supone una concepción de la investigación que, lejos de un eclecticismo acrítico o de un relativismo de moda y cómodo, pretende encontrar las razones de la verdad en la confrontación de las opiniones opuestas, sabiendo que todos los razonamientos formulados seriamente, con cierto sentido, dicen algo verdadero.
Con una gran sensibilidad, Juan Pablo II encontraba una válida aplicación de aquel principio de Tomás de Aquino en la investigación científica, afirmando que “esta presencia de la verdad, sea meramente parcial e imperfecta y a veces distorsionada, es un puente, que une a unos hombres con otros y hace posible el acuerdo cuando hay buena voluntad”.
Históricamente el espíritu científico creativo ha formulado la verdad como fruto del sometimiento del propio parecer del investigador al contraste empírico y a la discusión razonada con sus iguales.
Perfeccionamiento. La verdad y la realidad tienen mucho que ver con el pluralismo. El pluralismo no implica una renuncia a la verdad, sino más bien afirma que hay diversas maneras de pensar sobre las cosas, sostiene que las hay mejores y peores, y que es posible llegar a reconocer la superioridad de un parecer sobre otro. El pluralismo no relativista sostiene que la búsqueda de la verdad enriquece porque la verdad es perfeccionamiento. En cambio, la posición relativista afirma que solo hay diálogo, que solo hay diversidad de perspectivas y sacrifica la noción de humanidad al negar la capacidad de perfeccionamiento real y de progreso humano porque todo da igual.
“La verdad es una –afirma Juan Pablo II– pero se presenta a nosotros de forma fragmentaria a través de los múltiples canales que nos conducen a su cercanía diferenciada. (…) En cuanto a las ciencias, la filosofía y la teología, son también ellas intentos limitados para percibir la unidad compleja de la verdad. Es sumamente importante intentar, por una parte, la búsqueda de una síntesis vital, cuya nostalgia nos aguijonea, y, por otra, evitar cualquier sincretismo irrespetuoso de órdenes de conocimientos y grados de certeza distintos”.
Termino con una frase de Machado que me parece mejor que la de Campoamor: ¿Tu verdad?/ No: la Verdad. / Y ven conmigo a buscarla. / La tuya, guárdatela.