Es rarísimo que un dictador deba rendir cuenta de sus crímenes ante un tribunal. Felicitémonos, pues, de que Augusto Pinochet se haya convertido en una de estas excepciones, gracias al celo de dos jueces españoles. Desgraciadamente, un pequeño detalle privó de todo valor moral y cubrió de ridículo su iniciativa. En el momento mismo en que ellos lanzaban su mandato de arresto contra Pinochet, recluido en una clínica londinense, tenía lugar en Portugal -en Oporto- el encuentro anual iberoamericano. A este evento asistía Fidel Castro, radiante de salud.
Ahora bien, Castro presenta títulos tan sólidos como Pinochet para comparecer ante una corte de justicia. Asombra que nuestros dos jueces no hayan aprovechado la magnífica ocasión de arrestarlo, dado que Madrid sólo se encuentra a 600 kilómetros de Oporto, mucho más cerca que Londres. Desde luego, en tanto que jefe de Estado en desplazamiento oficial, Castro está cubierto por la inmunidad. Se sabía que la legitimidad jurídica del arresto de Pinochet sería fuertemente contestada. Pero poco importa. Lo que cuenta es el alcance moral del gesto. De la moral de los jueces no hablemos, de hecho ellos han pegado en un solo costado. La moral es universal o no lo es.
Impostura. Los derechos del hombre son una impostura si su definición continúa dependiendo del color del poder que los viola. Además, Castro no es un dictador que estuvo en el poder 20 años. Es un dictador todavía en estado de hacer daño. Pinochet al menos aceptó, en 1988, un referéndum dando la elección a sus compatriotas entre su permanencia o su partida. Al haber perdido, se borró. Castro prolonga la represión bajo la alegre capa de ingenuidad de unos políticos extranjeros, de unas damas de buenas obras, unos cardenales, y del mismo Papa, que desfilan por sus predios haciéndole "prometer" que ablandará su dictadura. A los crímenes contra la Humanidad, Castro agrega la deshonestidad financiera. La revista Forbes al enumerar las más grandes fortunas del mundo evalúa la de Castro en varios cientos de millones de dólares, evidentemente robados a los cubanos.
Que se arreste a los dictadores jubilados es bien fuerte. Pero sería más corajudo si se prende a los dictadores en ejercicio. Castro mismo, por otra parte, menos bestia que sus engañados, ha sentido el peligro. Cuando la noticia del arresto de Pinochet llegó al encuentro de Oporto, su comentario fue uno de los más prudentes. Señaló "la complejidad del problema técnico-judicial" planteado por el arresto de Pinochet y "el riesgo de una injerencia universal" (diario El País, 19 de octubre).
Caso patético. Si Pinochet se encontrara todavía en el poder, ¿habría sido invitado a representar a su país en el encuentro iberoamericano? Invitando a Castro, los políticos iberoamericanos demuestran que no han comprendido las lecciones del siglo XX. ¿Qué habrían sentido los futuros fundadores de la democracia española si hubieran organizado un encuentro iberoamericano en Madrid en 1970? Pues bien, el próximo encuentro, en 1999, tendrá lugar... en La Habana. Bella manera de afirmar "los valores democráticos". La semana de la reunión, la prensa española rebosaba de fotos del rey, todo sonrisas, en compañía de Fidel. Ver al gran hombre que arrancó a su país de las garras del franquismo poner sus espaldas bajo las patas del castrismo es algo patético.No se trata en ningún caso de sostener que Pinochet no deba ser perseguido porque Castro no lo es. Se trata de todo lo contrario, de argüir que Castro debía serlo porque Pinochet lo es. A falta de lo cual las diligencias contra el dictador chileno quedan desnudas de toda ejemplaridad universal. La enseñanza que enviarán a las generaciones futuras será, una vez más, que lo importante no es abstenerse de crímenes contra la Humanidad, sino elegir bien el campo en beneficio del cual se los comete.
(©Firmas Press)