Si, con Campoamor, "todo es según el color del cristal con que se mira", debe ser cierto también para la risa. El Antiguo Testamento está imbuido con la idea de un Dios paterno, represor, castigador. Por ejemplo, el Eclesiastés señala: "Mejor es el pesar que la risa; porque con la tristeza del rostro se enmendará el corazón" (7.3). Más adelante, recuérdese la discusión de los dos monjes medievales, al inicio del best-séller de Umberto Eco, unas 50 páginas, para dilucidar si Cristo reía o no... Este tipo de encasillamiento tuvo una tremenda influencia nefasta porque todavía Baudelaire, siglos más tarde, postulaba que "la risa es satánica y por eso es profundamente humana..." Felizmente, al mismo tiempo, siempre hubo gente que defendía que religión y risa no son incompatibles, como la muy castellana Teresa de Jesús: "de devociones necias y santos de rostro desabrido, líbranos, Señor". En todos los ámbitos, me quedo con el jocoso y contemporáneo Principito , que sugiere: "...abrirás a veces la ventana, así, sin más, porque te da la gana... Y tus amigos quedarán extrañados de verte reír mientras ves el cielo. Entonces les dirás: ësí, las estrellas siempre me provocan ganas de reír!...".
El título de esta crónica aprovecha un ensayo de John Allen Paulos, que conozco gracias a un colega que le halló más provecho que a la reunión universitaria a la que estábamos convocados. Por eso, agradezco también que otro colega me haya invitado a leer Maestro de buen humor , escrito por José Luis Soria, sobre "el factor risa" en monseñor Escrivá de Balaguer. Para agrado mío, el trabajo de marras contiene cantidad de reflexiones simplemente sensatas sobre la condición humana y su inherente capacidad de risa, lejos del estereotipo absurdo y hasta contraproducente de ciertos santos que dejaban de mamar los viernes y simplemente nacieron llorando "como Dios manda" (según afirmaciones del mismo monseñor Escrivá, pág. 115).
Reírse de sí mismo . Sin caer en la tentación de transformar esta crónica en una reseña, parece entonces oportuno señalar que me divirtió bastante la lectura por la sencilla razón de que el homenajeado, por lo visto, supo ser fiel a su propia recomendación de reírse de sí mismo; por ejemplo, cuando, frente a algo que suena a culto de la personalidad, con aquello del Padre Fundador (en este caso del Opus Dei), replicó jocosamente que "el mejor Fundador que conozco está embotellado" (pues, ¡hombre!, querido lector, si no entendió es por no saber de bebidas espiritosas en España). Lo mismo, contextual, como todo chiste, cuando se refería a "burritos con cara de catedráticos" (esta vez no entendí yo, pero tuve ganas de poner lo entrecomillado al revés).
Fuera de "cachondeo", como dicen en la madre patria, el libro no solo cumple con un propósito apologético para ese beato, ahora en el centenario del natalicio, sino que ofrece cantidad de reflexiones de parte del autor sobre la risa como condición humana con base en valiosas referencias a teóricos en la materia, desde La BruyËre hasta Chesterton, pasando inevitablemente por el clásico De la risa, ensayo sobre el significado de lo cómico , de Bergson, por lo demás, una tesis muy seria. No hay, por último, como la sinceridad, aunque sea en broma, como cuando el autor de Camino , ante la urgencia de dejar tanta estupidez, dizque pulcra y educativa, en torno a la procreación, proclamó: "yo he matado todas las cigüeñas" (¡y espero que nadie lo acusara de delito ecológico!). " Applause ", como rezan los cartelones de la industria cinematográfica.