Se ha puesto de moda, hoy, dirigirse a uno mismo como si uno fuera otro. Cualquier gilipollas - hubiera dicho Bosco Valverde -, cualquier Perico de los Palotes, habla de él en tercera persona.
Así: "yo les puedo asegurar que Perico de los Palotes cumplirá su palabra"; o así: "Perico de los Palotes no busca su lucro personal sino el bien de la humanidad"; o asá: "Perico de los Palotes no promete, hace".
¿Cómo no ver aquí una nueva especie de egomanía? Sí. La del ninguno que se cree todo un personaje y pontifica desde el pedestal de la Historia. Más aún: estoy convencido de que tamaño personaje, en caso de suicidio, elegiría tirarse de su ego, es decir, del punto más alto que conoce.
Las grandes personas, en cambio, practican el pudor a la hora de autodesignarse.
Tres ejemplos. Platón, cuya obra es la quintaesencia de nuestra cultura, solo una vez menciona su nombre en los Diálogos. Lo hace en aquel escrito inmortal sobre la inmortalidad, Fedón, que relata los últimos momentos de su maestro Sócrates.
Allí está Sócrates, rodeado de discípulos y a punto de que el veneno ingerido acabe con su carne y huesos. Platón notifica quiénes se hallan presentes en la memorable tertulia y, casi al pasar, añade: "Platón, creo, estaba enfermo".
Los críticos todavía no se han puesto de acuerdo respecto de la intención de la frase: algunos señalan que el filósofo disculpaba su ausencia; otros, que procuró borrarse como autor.
Martin Heidegger, el pensador más original del siglo XX, es también parco cuando se trata del nombre propio. La única automención suya de que tenemos noticia fue producto de las reglas académicas.
Me refiero al informe curricular, adjunto a su tesis de doctorado: "Yo, Martin Heidegger, he nacido en Messkirch (Baden) el 26 de setiembre de 1899, hijo del sacristán y maestro tonelero Friedrich Heidegger y de su mujer Johanna, natural de Kempf, ambos católicos", señala Heidegger, y de inmediato reseña los estudios efectuados y rubrica al pie. Suficiente.
Cervantes nos ofrece, asimismo, una linda variable del modelo platónico. En el sexto capítulo de la primera parte del Quijote, el cura y el barbero revisan la biblioteca del hidalgo de la Mancha y, para sorpresa de ambos, uno de los libros examinados es la Galatea de Miguel de Cervantes Saavedra.
El barbero le confía al párroco que el tal Cervantes, amigo suyo, no es de admirar demasiado y le dice que es más versado en desdichas que en versos y que el libro tiene algo de buena invención, propone ciertas cosas y no concluye nada.
¡Qué forma más discreta y módica de remitirse a uno mismo!
Ganarse el derecho. Perico de los Palotes ya no responde a la definición del diccionario (persona indeterminada, sujeto cualquiera).
No. Ahora busca que lo determinen y le gusta izar el volumen de su voz, sobre todo delante de un micrófono o de una cámara de televisión. Se nos ha hecho adicto a los medios y - ¿me permiten el adefesio? - un adicto épico, fanático del clamor que le provoca el mero hecho de nombrarse.
Yo le pediría a mi insigne coetáneo que, antes de recitar su nombre y apellido, acopie los méritos y logros del caso, batalle por el derecho de autocitarse públicamente, como en los ejemplos anteriores; y que, llegado el día y convertido ya en otro ser, reflexione un poco.
Porque ese día será el día que Perico de los Palotes deje de serlo; y entonces, acaso se dé cuenta de que es bastante inútil andar por ahí haciendo ruido con las 12 ó 15 letritas que el Registro Civil puso arriba y a la izquierda de su cédula.