El 18 de julio se publicó la “revelación” de indicadores sobre las características de un abusador sexual, según el Instituto de Criminología del OIJ. Si bien algunos de estos rasgos pueden ser parte del perfil de un abusador, considero importante dar algo más que indicadores “fáciles, míticos” de detectar, que podrían llevarnos a una sociedad paranoide y dejar de lado lo esencial.
Los indicadores señalados pareciera que corresponden, más bien, a ciertos casos y a cierto nivel económico. El hecho de que no se denuncien muchos actos de abuso en familias de un nivel socioeconómico medio y alto no prueba su ausencia. La diferencia está en el silencio: la víctima los asume en silencio y el grupo familiar se hace cómplice. ¿Cuántas veces en los consultorios percibimos en la víctima el temor a hablar? Y estos abusadores no viven solos. De hecho, tienen un grupo familiar, que son sus propias víctimas, trabajo estable y relaciones sociales.
Figura parental ausente. Uno de los rasgos más importantes de un abusador es la perversión en sus actos. En él hay una ausencia de figura parental, carente, por lo tanto, de ley, de límite, por lo que, en el acto perverso, la persona atacada se convierte en ese objeto del cual él se apodera y para quien, simbólicamente, él representa la ley. Es dueño de ese sujeto y puede disponer de él y de la sociedad. En la perversión están presentes la seducción y la manipulación. Convierte así al otro en fuente de goce, de sentirse amado, de llegar a ser indispensable para su vida. La víctima tiene la función de ocultar las fallas del agresor y ser su posición subjetiva.
Esta seducción y manipulación hacen que el sujeto fácilmente sea querido y necesitado en la sociedad. No es un ser solitario, que deambula en busca de una víctima. Necesita de todo un contexto que lo admire y lo idolatre ya que, cuando comete el acto, este le produce más goce pues se saltó todos los obstáculos que la sociedad ha creado para evitar estas situaciones. El agresor es la ley. Puede ser el padre de nuestros hijos, el escucha de nuestros problemas, o un lugar que sabe utilizar para su propio control y goce. Ese es realmente el que se convierte en “un depravador cercano”.
Esta transgresión de los límites que la sociedad impone se convierten en verdaderos retos para el agresor ya que él está por encima de ellos y cuantos más existan; más goce tendrá en probar que la ley no es nada ante él. ¿Por qué la mujer y sus hijos son atacados después de haberse dictado las órdenes de la Ley de violencia doméstica? ¿Por qué los encargados de “velar” por la seguridad de sus víctimas lloran ante la impotencia que sienten? Porque la ley, con todos sus mecanismos, es impotente ante el perverso.
Falsas expectativas. Por eso, cuando ocurre un acto de perversión, las instancias estatales y no oficiales recurren a instrumentos “rápidos”, como legislar y dar declaraciones sobre lo que se debe hacer para proteger a las víctimas. Estos discursos se convierten en fuente de mayor goce para los abusadores. Así, si dos legisladores dicen que nuevas leyes sobre esta materia no corresponden a la Comisión de Asuntos de la Juventud, Niñez y Adolescencia, sino a la de Jurídicos, esto causa gozo al perverso pues lo ve como un desafío y no como un castigo.
¿Saben los legisladores, gobernantes y jueces sobre perversión? ¿Por qué crean falsas expectativas a las víctimas de que van a ser protegidas por el art. 51 de la Constitución Política, los Códigos de Infancia y Adolescencia, Penal, Familia y la Ley de violencia doméstica? ¿Por qué las víctimas son revictimizadas en nuestros propios sistemas de justicia? ¿Adónde acuden las víctimas para romper el silencio con profesionales capacitados? ¿Por qué después de la denuncia la víctima termina, con sus hijos, muerta? ¿Por qué el abusador, encarcelado, tiende a suicidarse?
No basta con crear más leyes y dar discursos demagógicos No sigamos montando una obra de teatro para el deleite de “esas patologías”. El primer paso es conocer, desde lo teórico-práctico, la patología del sujeto perverso y así, desde diferentes ángulos profesionales, brindar verdaderos programas de salud mental en cuanto a la prevención, rehabilitación, tratamiento de las víctimas y el castigo legal correspondiente. Así entenderán bien la patología y lo que vive la víctima.