El hombre, por su naturaleza, es santo y pecador: capaz de elevarse a lo más sublime, pero también de caer en las más penosas equivocaciones. Pasar de un San Francisco de Asís o Madre Teresa de Calcuta, a un Adolfo Hitler; capaz de organizarse para resguardar y transmitir el mensaje del Evangelio a todas las generaciones; pero también, algunas veces, de imponerlo de manera violenta o caer en equivocadas acciones en nombre de Dios.
Son estas las causas por las que hoy la Iglesia Católica pide perdón en nombre de los cristianos del pasado que cometieron errores desventurados y graves, y que lo hicieron por ignorancia cultural o social, en épocas difíciles, o por vanas intenciones de algunos de sus hijos, pero que han dejado heridas históricas y pretextos para condenar a la Iglesia de Cristo hoy.
El perdón es la expresión máxima del amor y esperamos que los hombres de hoy, incluidos los detractores de la Iglesia, tengan la capacidad de amor para ir purificando los corazones y dejando atrás el pasado. Que quedemos en disposición ahora de edificar. Este es el deseo: La reconciliación con los hombres y con el Padre, al que le damos gracias por seguir hablando a su pueblo santo y pecador por medio de grandes profetas como Juan Pablo II.
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