No se puede negar que el cine es uno de los medios más importantes de expresión del siglo XX, que con su magia envuelve a personas de todos los estratos culturales alrededor del mundo. Es a la vez una poderosa industria que se centra en Hollywood, sin que su hegemonía haya podido ser nunca sustituida ni destruida y sus bases se sustentan un poco en el talento y mucho en la publicidad, por lo que la entrega de los premios Oscar representa a la vez reconocimiento, incentivo, catapulta a la fama, desmedida ganancia y por lo general, motivo de controversia. Las películas más premiadas son las que se producen en los estudios norteamericanos y es difícil que un filme extranjero alcance más de una presea.
Hitos del cine. Hay superproducciones que marcan hitos en la historia del cine y que acaparan cualquier cantidad de premios, como Lo que el viento se llevó, Ben Hur y este año la espectacular Titanic. Aunque analizado fríamente, es lógico pensar que un director inteligente e imaginativo como James Cameron y 200 millones de dólares de respaldo económico puedan producir una joya de ese calibre. Pero a la vez hay otras películas foráneas de calidad y bajo presupuesto que jamás podrían competir y entonces se les da un premio de consolación como ocurrió con El cartero, o ahora con Todo o nada del británico Peter Cattaneo, en donde se premió su banda sonora... En otros casos no existe una actuación excepcional y el Oscar se entrega a algún artista que necesite un poco de apoyo dentro de ese maremagnum de intereses cruzados. Tal es el caso de Jack Nicholson en el papel de un antipático escritor que cambia de pronto volviéndose tierno y bondadoso, gracias al perrito de su vecino y a las trifulcas de una camarera, en una película que empieza mal y termina peor, con su carga de situaciones cursis y banales, como de telenovela o Soap Opera. En Atrapado sin salida, Nicholson ya esbozaba, en el papel de loco, algo de sus reiterativos gestos, los que ha ido repitiendo hasta la saciedad: Arquea las cejas, entrecierra los párpados, pone los ojos en blanco y hace pucheros sin que uno sepa por qué ni para qué. Visajes idénticos los repite más tarde como el diablo en Las brujas de Eastwick, los exagera luego en Batman y los agota ahora en Mejor... imposible.
Su compañera de actuación, Helen Hunt, logra a pesar de lo ridículo del guión, una excelente actuación y su premio es merecido. En otros tiempos los nombres y los rostros de las estrellas eran fácilmente reconocibles como los de Bette Davis, Joan Crawford o Marlene Dietrich, pero en la actualidad, una buena actuación e inclusive un Oscar no son suficientes para que uno recuerde nombres o efigies.
La farándula. Con la farándula o música popular me ocurre algo diverso. He visto con tristeza cómo Julio Iglesias ha ido destruyendo una a una las canciones latinoamericanas. Su colección de tangos es patética, pero lo que más me asombra es que abarrote los teatros de Buenos Aires y que el público lo ovacione... Para colmo de males, tenemos ahora a su hijito Enrique, quien con su meliflua voz y sus cancioncitas de gato con dolor de panza, colma a su vez estadios a elevados precios y se va de cada país latinoamericano con talegos llenos de oro, que el público paga generosamente por sus canciones.
Hay tres tenores con voces portentosas y educadas para la ópera, que -por unos dólares más-, decidieron unir en conciertos multitudinarios y de repertorio inadecuado para sus voces, de modo que por sobreexposición, resulta tedioso oír hasta tres veces por semana en algún canal de televisión del mundo, a Pavarotti con su Funiculí, funiculá, a Carreras con Siboney o a Plácido Domingo con Granada.
Pero volviendo a Jack Nicholson y Mejor.. . imposible, creo que de su actuación lo único que se podría decir es: ¡Peor... imposible!