La NTVS (National Television Violence Study) es una investigación independiente sobre las características y los efectos de la violencia en la televisión, que la National Cable Television Association de Estados Unidos, encargó a cuatro universidades de Estados Unidos (California, North Carolina, Texas, Wisconsin), y a un equipo de más de doscientos especialistas. Esa investigación duró más de tres años y analizó el problema directamente, y por revisión de lo investigado al respecto durante más de cuarenta años de estudios.
Los resultados, recientemente publicados, son espeluznantes y coinciden con lo dicho anteriormente al respecto por la American Psychological Association, American Medical Association, el Surgeon General's Advisory Committe on Television and Behavior, y el National Institute of Mental Health. O sea, que las más autorizadas autoridades en la materia de Estados Unidos son contestes al respecto.
Estados Unidos tiene un alto nivel de violencia en el delito, especialmente, en la participación de niños y adolescentes. Cada cinco minutos, un niño es arrestado por un crimen violento y cada tres horas es asesinado un niño por crímenes con armas. Cada día cien mil niños llevan armas a la escuela y los adolescentes participan en el 24 por ciento de todos los arrestos por crímenes violentos, porcentaje que está en alza, mientras disminuye el correspondiente a los mayores de 35 años. En cuanto a las personas de 15 a 24 años, el homicidio es la segunda causa de muerte. Un niño que se cría en Chicago tiene quince veces más probabilidades de ser asesinado, que un niño de Irlanda del Norte. Estados Unidos tiene la tasa de homicidios más alta en el mundo desarrollado y la tercera de arriba para abajo en el ámbito mundial.
Aunque diversos factores como las bandas, las drogas, la disponibilidad de armas de fuego, la pobreza y el racismo contribuyen a estas alarmantes cifras, existe "clara evidencia", como lo determina el estudio, de que "la exposición de la violencia en los medios, contribuye de manera significativa a la violencia en la sociedad". Ciertamente que la violencia es multifacética y que "todos estos factores pueden combinarse en forma independiente e interactiva para generar comportamiento antisocial", pero se reconoce por todos que la exposición de la violencia en los medios es un importante factor, y que a la vez es el más fácil de mitigar. Para ese efecto, el estudio identifica cuáles tipos de material violento son los más problemáticos, y cuáles tipos de violencia existen en la televisión.
El estudio establece como un hecho probado la correlación entre la violencia en la televisión y el comportamiento agresivo, en todas las coordenadas de tiempo, lugar y demografía, y en todos los géneros y variedades de espectáculos televisivos. Los hábitos agresivos se aprenden temprano en la vida y constituyen la base del comportamiento posterior. Los niños agresivos tienen más problemas en la escuela y tienden a ver más televisión. La violencia que ven refuerza así su tendencia a la agresión. Los hábitos agresivos una vez establecidos son resistentes al cambio, y anticipan una seria conducta adulta antisocial. "Si la observación infantil de la violencia en los medios promueve el aprendizaje de hábitos agresivos, puede tener consecuencias dañinas para toda la vida". O sea, que el comportamiento televisivo infantil es un factor que promueve la criminalidad adulta.
Además de incrementar el comportamiento violento hacia otros, por aprendizaje e imitación, la exposición de la violencia en la televisión afecta a todos porque desensibiliza emocionalmente hacia la violencia del mundo real y sus víctimas, y aumenta el miedo a ser víctima de la violencia e incrementa los comportamientos de desconfianza y autoprotección.
Para que tales efectos dañinos se produzcan, el contexto en que se presenta la violencia resulta fundamental. El estudio señala nueve factores de tal contexto: la naturaleza del perpetrador, de la víctima, la razón de la violencia, la presencia de armas, la extensión y el carácter gráfico, el grado de realismo, si la violencia es gratificada o castigada, las consecuencias de la violencia, y si se presenta o no como chiste. El estudio señala un alto nivel de violencia dañina en casi todo el espectro de los espectáculos televisivos, en cuenta en los dirigidos a los niños.
La cuestión de la violencia en la televisión, y por extensión en los otros espectáculos, pasa así a ser un problema de salud pública y de prevención criminal, que nada tiene que ver con la cuestión jurídica sobre la libertad de pensamiento y de expresión.
Además de que la violencia criminal se aprende por imitación de modelos, especialmente en la edad infantil, como está establecido por los expertos, sus bases biológicas de generación conductual lo hacen ver aún con más claridad. En el cerebro humano se aprecian tres niveles: el de los instintos fundamentales, en cuenta la agresividad como mecanismo defensivo, radicado en el bulbo raquídeo, que compartimos con los vertebrados primitivos, por eso se llama "cerebro reptílico o reptiliano"; el del cerebelo, o de la coordinación muscular y otras funciones; y el de la conciencia, el pensamiento, la voluntad y los afectos superiores como el amor, radicado en la corteza cerebral. El estímulo a la violencia se dirige directamente al "cerebro reptílico", y nada tiene que ver con el pensamiento, salvo manipularlo con el despertar de fuerzas primitivas, por lo que es un atentado contra la libertad de pensamiento y de determinación. La libertad de pensamiento y su expresión, garantizada constitucionalmente, y contra la cual no cabe la censura o control previo, es la de la corteza cerebral, y no las actuaciones de la parte "reptiliana", que no son pensamiento, sino mecanismos de base que los humanos deben poder manejar libremente, sin jaulas o coerciones que, propósitos comerciales manipulan descaradamente su parte reptílica.
Por eso, la cuestión tan cara de la libertad de pensamiento y de determinación tiene otro enfoque que no ha sido advertido, por quienes a nombre de la libertad, se oponen a una regulación de los espectáculos públicos, dirigida no a su pensamiento, sino a su manipulación irresponsable e interesada del "cerebro reptílico".