En la práctica clínica, el pensamiento delusorio es prácticamente sinónimo del pensamiento engañoso: el paciente transforma la realidad en ficciones por diversas razones que tienen que ver con ciertos aspectos de la personalidad. En el individuo corriente, el pensamiento delusorio no tiene mucha importancia, mientras que en el hombre público sí, porque ningún problema que un Estado enfrenta se resuelve hasta que no se resuelva bien. Y ningún problema se resuelve bien mientras su solución no se fundamente en realidades y no en simples deseos, ficciones o autoengaños.
En marzo de 1936, en violación del Tratado de Versalles, Hitler invadió Renania con tres batallones (2.400 hombres). Francia, garante y benefactor del Tratado de Versalles, tenía 100 divisiones (1 millón de hombres) para castigar ese delito. Pero, en nombre de la paz, el primer ministro Sarraut decidió "llevar el asunto a la Liga de las Naciones". En el juicio en Nuremberg, el general nazi Jodl declaró que si Francia hubiera resistido, con pocas bajas se habría derrumbado el régimen de Hitler. El pensamiento delusorio de Sarraut de que con Hitler se podía negociar le costó al mundo inconmensurable sufrimiento y la muerte de 55 millones de personas.
Deformación conceptual. En un artículo publicado el 23 de febrero en esta página, con el título de "...Y triunfó la insensatez", don Óscar Arias lamenta que fracasaran las "negociaciones de paz" entre el Gobierno de Andrés Pastrana y los terroristas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y también de que el Gobierno hubiera decidido retomar por la fuerza un territorio del tamaño de Costa Rica que le cedió, por debilidad, a los grupos terroristas que viven de la droga y del secuestro. Don Óscar no está solo en inspirar quimeras. Lo acompaña una triste lista de líderes democráticos que, por evitar un conflicto a corto plazo, han fomentado un mayor sacrificio a largo plazo. A estos dirigentes los une una deformación conceptual que asimila la paz con la rendición y todo esfuerzo de seguridad, estabilidad y progreso con el militarismo. Y por comodidad intelectual, prefieren ignorar que los FARC del mundo generan nada más que involución y atraso. En el caso de Colombia, simplemente el Estado se estaba deshaciendo y su sociedad estaba perdiendo la voluntad de luchar para defender sus instituciones democráticas de las intimidaciones de sus enemigos terroristas.
La paz es negociable solo cuando los adversarios comparten un compromiso afín con valores fundamentales como el respeto a la vida, a los derechos humanos, a la libertad, a la justicia, para citar algunos. Pero, cuando estos peligran, no se negocia. La paz se logra solo cuando la amenaza haya sido derrotada. El recurso a la fuerza de las armas no siempre es perjudicial. La comunidad internacional la utilizó en Afganistán para terminar con los talibanes que respaldaban a los terroristas internacionales que amenazaban la economía mundial; contra Milosevic, que promovía el genocidio y, gloriosamente, cuando el presidente Reagan decidió hacer un enorme gasto en armamento para convencer al imperio comunista de que no podía ganar la Guerra Fría y logró derrotarlo sin la inconcebible hecatombe de un intercambio nuclear.
Enfrentar la realidad. Dice don Óscar que "los poetas deben escribir acerca de la paz, los maestros deben heredar el legado de la paz a nuestros escolares." Pues yo digo que la historia demuestra que la manera más segura de proteger a una sociedad del totalitarismo, de la anarquía y de la pobreza, en otras palabras, de fortalecer la paz, es asegurándose de que en las escuelas se les enseñe a los niños y niñas el recurso redentor de aprender a enfrentar realidades y no buscar un falso refugio en las ficciones.
Ya es hora de que el vacilante e impotente presidente Pastrana haya aprendido la lección y que, por fin, haya abandonado sus delusiones y enfrente la realidad de que contra los terroristas hay que terminar a balazos.