El profesor honesto (Trejos) sucedido por el caudillo carismático (Don Pepe), a su vez reemplazado por tecnocracia y fino juego político (Oduber); seguido luego por encanto político (Carazo), empaquetado con sonrisa y populismo, para culminar, tras el desborde del carisma, en la sosegada paz búdica del ideólogo socialdemócrata (Monge). Este movimiento pendular entre presidentes reflexivos e impulsivos, entre sosegados y activistas, entre carisma y razón, constituían para Enrique Benavides una especie de ley pendular de nuestra política.
En la explicación social no existe nada que se parezca a las ciencias exactas y lo que Benavides identificó no fueron sino regularidades muy generales que pueden repetirse si las estructuras no cambian drásticamente y si la cultura política (valores, símbolos, creencias) mantiene cierta cohesión y dinámica propias. Sin embargo, de su observación se pueden extraer conclusiones para aplicarlas como hipótesis explicativas a la realidad posterior.
Primero, la importancia de la psicología social de los fenómenos políticos: la gente interpreta la política según las categorías de lo cotidiano.
En segundo lugar, pareciera que en materia de elecciones presidenciales la gente pasa de aprobar unos rasgos a las antípodas de estos. Es obvio que hay sectores de votantes que siempre buscan rasgos definidos, pero el resultado electoral revela que hay vientos cambiantes en la escogencia electoral. Estos cambios de humor político funcionan en el sentido de la democracia, pues la escogencia de cualidades contrarias a las del presidente de turno significa un rechazo a su estilo de gobierno y a la continuidad de posibles excesos.
Entre la razón y las personas. Un tercer aspecto es la identificación de corrientes sociales que oscilan entre el llamado directo al pueblo y la confianza en los representantes. Nuestro electorado se movería entre la búsqueda de personajes que lo encarnaran, aunque fuese simbólicamente, y representantes que lo dirigieran con las luces del conocimiento. Entre la fe en la razón y la fe en las personas excepcionales, transcurriría nuestra elección presidencial.
Es obvio que si tratamos de aplicar estos análisis a nuestra historia reciente nos encontraremos que la diversidad de los procesos históricos concretos no corresponde con las netas divisiones de Benavides, pero sus distinciones ayudan a entender las elecciones presidenciales posteriores.
Es así como la tranquilidad mongista es reemplazada por el activismo mesiánico de Arias, quien logra una síntesis entre ambas tendencias: el llamado populista por la paz con el elemento reflexivo de la meritocracia. El paroxismo nobelístico es sucedido por un presidente más aterrrizado, más centrado en el horizonte nacional; de nuevo del mesianismo al pragmatismo, aunque conservando un elemento populista en el recuerdo del calderonismo histórico. Sin embargo, cuatro años después se opta de nuevo por la versión populista al escogerse el carisma acrobático de Figueres. En 1998 el populismo corralista es derrotado por un candidato reflexivo y sereno, el péndulo ha vuelto a funcionar, del brinco en la tarima pasamos a la confianza en el conocimiento y preparación académicas.
Teoría a prueba. Las próximas elecciones pondrán a prueba de nuevo la teoría de Benavides. ¿Pasaremos de un presidente reflexivo a un presidente populista? Todo pareciera indicarlo; el viento sopla en la dirección de la antipolítica, la gente quiere verse representada; sin embargo, todavía no sabemos cuál será la variedad populista triunfante.
Hay diversas variedades de populistas, desde los que ofrecen repartir los recursos públicos fomentando el clientelismo hasta quienes hacen llamados al gobierno directo del pueblo, exaltando las cualidades míticas de la nación o la raza. El populismo siempre tiene enemigos externos, llámense clase política u oligarcas egoístas; su fuerza proviene, muchas veces, de contrastar las virtudes naturales del pueblo con la perversidad de las camarillas. El líder populista se identifica con las cualidades del pueblo, las hace suyas y llama a la restauración o a la revuelta.
En estas elecciones, por un lado aparece un populismo "retro" que llama a recuperar virtudes perdidas apoyado en el encanto del habla coloquial y, por el otro, un populismo protesta que promete rehacer el mundo político a partir de una visión moralizante de la vida pública.
Todavía falta tiempo para las elecciones, pero pareciera que la opción reflexiva y tecnocrática va quedando fuera del panorama. El sentimiento se impone, la observación aguda de Benavides sobre los movimientos pendulares de nuestras elecciones presidenciales sigue vigente.