Nadie sabe si existió. Hay quienes arriesgan que provenía de Asturias y se llamaba Pedro Grullo. Dicen que decía cosas obvias. Inútiles y sonsas, de tan evidentes. “El puño es una mano cerrada”, por ejemplo. Casi una tautología, repetía lo dicho.
Quevedo, que de todo se burlaba, lo imitó en una famosa copla: Las mujeres parirán/si se empeñan y parieren,/y los hijos que nacieren/de cuyos fueren serán.
Con el tiempo, la fusión de Pedro y de Grullo, aparte de la fuga de la d adventicia, dio nacimiento al nombre de Perogrullo y a sus derivados: las perogrulladas o verdades de Perogrullo, favoritas hoy de burócratas, publicistas navideños y novios que piden la mano de alcaldías.
Perogrullo quizá inventó, también, los refranes dobles. Aquellos adagios que se contradicen y al fin desdicen lo que antes dijeron: “Al que madruga, Dios lo ayuda” y “No por mucho madrugar, amanece más temprano”. Otra: “Más vale pájaro en mano que ciento volando” y “Más vale buena esperanza que ruin posesión”.
Verde que te quiero. ¿Puede una perogrullada resultar útil? La literata Gertrude Stein, celebridad estadounidense en el viejo París, escribió: “Una rosa es una rosa”. Verdad de perogrullo del tamaño de un elefante, sí, pero que –dentro de su contexto (el intervalo entre las dos guerras mundiales)– expresó una crítica a los raciocinios abstractos y la voluntad de poder de la sociedad de sus días, indiferente a la magna presencia de una flor.
Stein recordaba, entonces, a sus prójimos que la rosa era rosa; y, a la vez, se oponía a explicarla. Allí estaba la florcita de cuerpo y alma, punto: una soberbia novedad para caminantes ciegos.
¿Significa esto que la época desperogrulla ciertas frases archisabidas y simplonas, y las vuelve originales?
¡Cómo no! La época, amigos, y la intención del hablante que, juntas, mueven montañas. Basta pensar que la palabra nimio, en el pasado, quería decir grande y el término cold, en inglés, calor; y que ahora designan, respectivamente, lo contrario: pequeño y frío.
Y yo creo (a la hora de hablar del hablante y de sus intenciones) que el éxito de un afamado verso de García Lorca se basa en que es una perogrullada y, por eso mismo, queda fijo en la alegre memoria. ¿Hacemos una prueba? Yo digo las cuatro primeras palabras y ustedes completan: “Verde que te quiero...”.
Desde aquí, escucho ya el coro de voces que aciertan: “¡verde!”