Los escépticos lo descartaron desde antes de que naciera. Era una reacción normal frente a un cambio que despertaba temor, desesperanza y expectativa. Lo cierto es que el turismo poco a poco empezó a perfilarse como una opción económica en Tilarán, como lo había sido la ganadería o el comercio.
Hoy, hablar de la actividad turística en ese cantón guanacasteco es casi sinónimo de lago Arenal. Esta impresión no es infundada, pero es incompleta, pues hay otras vetas que se están abriendo.
El lunes anterior tuve la oportunidad de redescubrir un pequeño y apacible lugarcito: Solania, un caserío del distrito de Líbano. No había vuelto desde 1976, cuando lo hice como improvisado monaguillo del padre Héctor Morera (actual obispo). Sigue siendo el mismo pueblito tranquilo, de gente hospitalaria, pero ahora tocado por la varita del progreso (electricidad, fácil comunicación terrestre con Cañas y Tilarán).
Tiene algo más. Solania está enclavada en una altura, a los pies del quieto cerro Pelado, y desde allí cuenta usted con un balcón para darse gusto recreando su vista con las puestas de sol sobre el Golfo de Nicoya y la bajura guanacasteca u observando la montaña vecina.
Esta posición privilegiada y la posibilidad de emprender caminatas al Pelado o cabalgar con rumbo a unas cataratas vecinas ya fueron advertidas por un empresario costarricense, quien abrió el Solania Lodge, un centro de hospedaje que su dueño procura mantener en armonía con el entorno.
Como se habrá percatado, le estoy hablando de un paraje para disfrutar la naturaleza, aspirar el aire puro, jugar una mejenga en la plaza (muy bien cuidada) y extasiarse con las pinceladas del Creador en los celajes vespertinos.
Solania es uno de esos rincones bellos que tiene nuestra Costa Rica. Vaya. ¡Vale la pena!