"Habría amado la libertad, creo yo, en cualquier época, pero en los tiempos en que vivimos me siento inclinado a adorarla".
Alexis Tocqueville
Leyendo al cardenal Joseph Ratzinger, conocido ahora como Benedicto XVI, encontré la noción "paralelogramo de fuerzas" utilizada por el distinguido escritor y papa para referirse a la distribución del poder entre los distintos movimientos sociales y político/ideológicos. El "paralelogramo de fuerzas" representa, para Ratzinger, un nivel superficial de la realidad social, tras el cual subyacen diversos intereses y racionalidades políticas que se debaten en torno a temas fundamentales como los valores, el bien común, la rentabilidad individual, la autoridad y la dignidad de las personas. ¿Qué racionalidad e intereses, p. ej., inspiran la "democracia" callejera de algunos sindicatos? ¿Qué intereses e inteligencia política fundamentan el clientelismo, el cortoplazismo y el oportunismo? ¿Qué racionalidad y base material convierte la corrupción en la más elevada de las virtudes?
El planteamiento del cardenal Ratzinger, que ha originado estas reflexiones, invita a concentrarse en lo principal: el contenido de las propuestas y los valores que encarnan. No interesa tanto la escenografía y las gesticulaciones, todo lo cual, algunas veces, disfraza y oculta realidades deformes y decadentes, lo decisivo es la intencionalidad tras los artificios de la publicidad, lo principal es el coraje de estar en la verdad y expresarla con transparencia; de ahí que la mejor estrategia comunicativa y la más exitosa agencia de publicidad es aquella que reduce la distancia entre imágenes y realidad. Mucho ganaría el político que aprenda a mostrarse libre y sin disfraces. Desarrollar esta capacidad es el eje de la buena comunicación; lo contrario, crear una imagen para sustituir con ella la realidad, es esquizofrenia.
Proyecto de país. La segunda reflexión se relaciona con un vocablo gastado de tanto que los demagogos han abusado de él, a saber: proyecto de país. Se ha repetido hasta el cansancio que en Costa Rica no hay proyectos nacionales de desarrollo. No es cierto, hay muchos proyectos, pero se resiente la ausencia de una síntesis política y social entre ellos, encauzada a partir de experiencias y liderazgos capaces de ofrecer un marco básico de orientación. Esto es lo que hace falta: síntesis y liderazgos, lo cual exige, además de trabajo y voluntad, excelencia intelectual y sensibilidad para distinguir los consensos eficaces de las caricaturas hechas para que todo siga igual. La función del político/estadista no es autoproclamarse dueño del mejor proyecto de país, sino sugerir un contexto intelectual y político para la síntesis de los proyectos existentes. El proyecto de país no es un decreto, ni un programa, ni una teoría, ni un discurso, ni una resolución, es el conjunto de las muchas buenas prácticas costarricenses cohesionadas por un horizonte común y una dirección compartida.
Finalmente, es imperativo volver a las fuentes de la experiencia democrática: la libertad y los valores. Su desprecio explica, por ejemplo, la insensibilidad respecto al papel de la libertad de prensa y del Poder Judicial en la legitimidad democrática o la deformación del Congreso, convertido en un teatro donde las personas, con las excepciones de rigor, se sitúan según el tamaño y profundidad de sus ignorancias, "lealtades" y narcisismos. La adoración de que habla Alexis Tocqueville es la única adoración civil que vale la pena; si perdemos la libertad, nos perdemos, vacíos de valores y convertidos en esclavos. Para ser persona y construir la ciudadanía, no se requiere otro sustrato más que libertad y valores.