Opinión

Para reflexionar y actuar

El episodio del acoso sexual en la Asamblea Legislativa debe servir para revisar la ley respectiva y reforzar la lucha contra esta patología social

La denuncia contra el diputado Federico Tinoco (PLN) por hostigamiento sexual, presentada por una asesora de la Asamblea Legislativa, asignada a él, no debe, en modo alguno, contaminarse con los intereses partidistas, por acción o por omisión, ni tampoco confinarse en la investigación en sí. El tema es grave y sensible por tratarse de un diputado, que, como tal, afecta a la Asamblea Legislativa, y, además, por la extensión y arraigo en nuestro país de este tipo de conductas, que nos afecta a todos.

Aprovechemos, entonces, con responsabilidad, este hecho para ahondar en este problema social –patológico, legal y moral– y para adoptar decisiones que, en verdad, sean ejemplarizantes y contribuyan a atacar estos comportamientos impropios de una sociedad que encuentra en la base misma de los derechos humanos y del sistema democrático el respeto y defensa de la dignidad humana. Esta es la cuestión de fondo: el respeto a la dignidad humana que, en lo atinente a la mujer, a los niños y a los adolescentes, presenta, desde la vertiente del abuso de poder, en cualquiera de sus modalidades y desviaciones, una amenaza constante y directa que, en vez de reducirse, ha aumentado, al conjuro de la impunidad (de la inmunidad), de la insensibilidad, del interés, del temor o de la indiferencia.

El caso del diputado Tinoco, en el ámbito de la Asamblea Legislativa, presenta diversas aristas o motivos de reflexión que de ninguna manera se deben menospreciar o relegar. Nos referimos a la responsabilidad en la selección (conforme a criterios intelectuales, morales, psicológicos y de carácter) de los candidatos a puestos públicos, labor difícil, pero primordial y determinante, cuyas fallas desembocan en el sufrimiento del pueblo. Nos referimos a la distinción entre la lealtad, fundada en la ley o en la verdad, al amigo o al compañero en la función pública, y la “lealtad”, desviada o desnaturalizada, que conduce al encubrimiento o al disimulo, causa de los mayores quebrantos en la política y en el Estado.

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