Rápido avanza Panamá. Con un ingreso promedio ligeramente superior al de Costa Rica, Panamá es hoy el país del istmo de mayor crecimiento económico.
El progreso se nota a la legua. En su hasta hace poco estrujadísima ciudad capital, grandes espacios –robados recientemente al mar– dan cabida a agradables parques lineales y a expeditas vías con pasos a nivel y cómodos puentes peatonales.
También es, para un viajero observador, rápido el paso del primer mundo, con gran cantidad de edificios que semejan el perfil de Hong Kong, al tercero, con obvios focos de pobreza, que el acelerado crecimiento económico, unido a adecuadas políticas públicas, podría atenuar en el futuro.
Ruta privilegiada. Desde que los españoles pusieron pie en Panamá, su historia ha estado fuertemente influida por la posibilidad (antes) y la realidad (ahora) de un canal. “Su magnífica posición –manifestó también Simón Bolívar– entre dos grandes mares podría en algún momento futuro convertirse en un emporio del universo [sic]”. “Sus canales acortarán las distancias en el mundo y fortalecerán los vínculos comerciales entre Europa, América y Asia... quizá ahí se establecerá la capital del mundo”.
En la materia canalera, Panamá compitió fuertemente con otra ruta factible: la del río San Juan y el lago de Nicaragua, que –con el descubrimiento de oro en California– trajo por estos lados al aventurero William Walker, e hizo héroe en Rivas al humilde tamborcillo costarricense Juan Santamaría. Para 1889 una compañía francesa que había construido el canal de Suez se propuso construir un canal en Panamá, pero la malaria, otras pestes y las fuertes lluvias la llevaron a la quiebra.
Aunque Panamá obtuvo su independencia de España en 1821, una serie de decisiones la unieron a Colombia; sin embargo –quizá por la lejanía– esta fue incapaz de ejercer soberanía sobre aquella provincia e intermitentes movimientos separatistas comenzaron a manifestarse. Los Estados Unidos tuvieron que ayudar a Colombia a mantener orden en el istmo panameño.
Al amparo de la Doctrina Monroe (“América para los americanos”), que en 1823 los Estados Unidos adoptaron para frenar la posible influencia de países europeos en el Nuevo Mundo, la necesidad de contar con un canal interoceánico fue creciendo en las mentes de los estrategas políticos estadounidenses.
En marzo de 1903 el senado de “El Coloso del Norte” ratificó un convenio, con Colombia, para el leasing por cien años de un territorio en Panamá, de 16 km de ancho por 80 km de largo, en el cual los primeros construirían un canal. Pero el Senado colombiano lo rechazó en agosto de ese año. Esto llevó a un cambio de estrategia.
Acción rápida. También se actuó rápido antes. Ante el rechazo de Colombia, el Gobierno de los Estados Unidos optó por apoyar a un grupo de separatistas panameños que el 3 de noviembre de ese año (1903) declararon su independencia de Colombia.
Para asegurar la decisión tomada, la nación del norte envió a aguas panameñas a un poderoso barco de guerra (el USS Nashville ).
Muy pronto –exactamente quince días después– el secretario de Estado John Hay suscribió con un “representante” del gobierno del nuevo país (el francés Philippe Bunau-Varilla) un tratado que daba a EE. UU. en leasing a perpetuidad, los territorios por donde se construiría el canal y las áreas aledañas. Más rápido ni Speedy González habría procedido.
El entonces presidente de los Estados Unidos, Theodore Roosevelt, defendió lo actuado, argumentando que, por más de cincuenta años, Colombia no había dado muestras de ejercer nada que se asemejara a soberanía en el territorio panameño y que quienes mantuvieron el orden fueron los Estados Unidos.
Que el canal de Panamá, una de las más grandes obras de ingeniería civil de todos los tiempos, estaría a la disposición del comercio y la paz mundial. Visto en retrospectiva, esto ha sido así.
De esta manera, en 1999 el canal y los terrenos aledaños pasaron al dominio de Panamá. La expansión prevista para los próximos años –que costará varios miles de millones de dólares– dota de un gran dinamismo a la economía de ese país.
Si a ello se une una dosis de buen gobierno, para Costa Rica constituirá una ventaja ser su vecino más cercano.