H a sido grande el éxito en América Latina del libro La fiesta del chivo , del autor peruano-español Mario Vargas Llosa. Él agregó a los valores literarios auténticos y a su prestigio cierta pornografía que a bastantes escandalizará, como sucedió en la República Dominicana. Un antihéroe de esta historia verdadera es el seis veces presidente extrujillista de República Dominicana, Joaquín Balaguer, quien en semanas anteriores y ya nonagenario (nació en 1906), aspiró de nuevo y sin sonrojarse a ser primer mandatario por sétima vez. No triunfó, pero pudo determinar al ganador. Así andamos en Latinoamérica, Perú, Venezuela, Ecuador...
Balaguer brota de la pluma de Vargas como el hombre habilidoso y maquiavélico de la transición democrática, presuntamente empezada el 30 de mayo de 1961, al ser asesinado Trujillo. Su papel facilitador fue posible gracias a que era vicepresidente y a que, cuando los familiares del dictador muerto quisieron tomar el Gobierno, el astuto político se lo ofreció sin objeciones, pero con la sibilina advertencia de que el presidente estadounidense John Kennedy tenía barcos en las costas dominicanas, listos para invadir el país si la familia persistía en perpetuarse en el poder.
Balaguer tuvo apoyo de la CIA, de la OEA y de los obispos locales, para oponerse al trujillismo sobreviviente.
En agosto de 1960 la OEA impuso sanciones a Trujillo en el marco de una conferencia efectuada en Costa Rica. En junio de ese mismo año el régimen había atentado contra el presidente venezolano Rómulo Betancourt.
Insultos en San José. El dictador dominicano secuestró en Nueva York y luego desapareció (en 1956) al intelectual español, antiguo partidario suyo, protegido y luego feroz opositor Jesús de Galíndez. Este fue el Trujillo que envió aviones a sobrevolar San José para lanzar hojas sueltas en el centro capitalino e insultar con procacidad a políticos y gobernantes costarricenses y venezolanos. El que designó coronel del ejército a su hijo Ramfis, cuando este apenas tenía siete años de edad. Y el que, para celebrar los 25 años del régimen, contrató a Xavier Cugat y a su orquesta, a coristas del Lido de París y a las norteamericanas patinadoras del ICE Capades, quienes actuaron en unos extravagantes festejos feriales que costaron decenas de millones de dólares al empobrecido pueblo dominicano.
La llamada transición democrática comienza a raíz de la ejecución del dictador, realizada hace 39 años por siete desesperados y valientes patriotas dominicanos. Aquí empieza el irresistible ascenso de Joaquín Balaguer. Es el hombre insondable, quien con su actuación fría y oportunista ganó méritos, porque hizo posible la transición antitrujillista.
A pesar de su pequeñez física y de la vocecita aflautada, descolló en ese proceso por su innegable habilidad política. Cumplió ese cometido y fue reconocido con seis periodos presidenciales no obstante haber sido secretario de Estado del dictador, escritor de sus discursos, consejero, vicepresidente y presidente fantoche.
La novela (historia pura) se convierte en una caldera del diablo, con la literaria y abusiva chismografía sexual del autor sobre una comunidad rendida a los pies del hombre prepotente y endiosado que tiene poder sobre vidas, haciendas y camas ajenas.
Y es la obra, asimismo, un gran fresco humano, burocrático y político sobre el drama de una nación resquebrajada en su dignidad y autoestima por la acción de un hombre de orígenes modestísimos, salido de la provincia y llegado al poder para permanecer en él durante tres décadas. Fue el premio obtenido por derrocar al presidente Horacio Vásquez, cuando el ambicioso militarcito pueblerino era brigadier en jefe de la policía nacional fundada a raíz de la ocupación norteamericana.
En 1930 Trujillo se hizo elegir presidente y en los intervalos puso en el puesto a un hermano o a otros monigotes. En esto existe un paralelismo con Anastasio Somoza García.
Promesa cumplida. Vargas Llosa, con esta publicación, cumple una promesa que habían hecho en 1967 varios intelectuales latinoamericanos de escribir cada uno "su" novela sobre el dictador nacional favorito.
De todos los escritores latinoamericanos comprometidos en principio, solo habían cumplido el cubano Alejo Carpentier con El recurso del método , el colombiano Gabriel García Márquez con El otoño del patriarca y el paraguayo Augusto Roa Bastos con Yo el supremo . Entre los "conjurados" literarios no estuvo el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, quien, sin embargo, ya había producido El señor Presidente . Este fino hilo literario e histórico sobre el dictador, se origina con el Tirano Banderas del inmortal don Ramón del Valle Inclán, el de las barbas de chivo.
El libro es bueno como un largo reportaje periodístico, basado en una investigación in situ con el aval de un estilo castellano rico y vigoroso como corresponde al autor. En cuanto a novelas del dictador, nos quedamos con las escritas por García Márquez, Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias y Augusto Roa Bastos. Y es justo agregar, en primera línea, una que no tuvo en su tiempo repercusiones transnacionales por falta de publicidad y mercadeo y porque no salió a la luz en la época del boom . Es quizá la mejor entre las mejores: En la casa del pez que escupe el agua , sobre el dictador Gómez, escrita por el gran novelista venezolano ya fallecido Francisco Herrera Luque.