El tema de lo pacífico me interesa: me trajo a Costa Rica. Siempre he pensado que por ese “adiós a las armas” el país debería contar con una excelente Policía y con un poderoso Servicio Exterior: no tiene ni lo uno ni lo otro. Punto y aparte es dilucidar cómo vivir ese pacifismo: ¿“Más allá de la pelea”, como lo proclamaba Romain Rolland o presentando la otra mejilla, al estilo bíblico?
Ideales truncados. Pero por ahora enfilo mis baterías (pacifistas, por si acaso) hacia el drama de cantidad de muchachos (Brandon Hughey, Jeremy Hinzman, etc.) que, por la aventura militar, vieron truncados sus ideales. Uno es costarricense, Camilo Mejía. Su nombre, a mucha honra, recuerda al autor de Cristo en Palacagüina.
El asunto me hace surgir cantidad de interrogantes: ¿hasta qué punto este compatriota se dejó engañar por el cuento, ahora desmentido oficialmente, de que Iraq estaba detrás del atentado del 9/11? Como tantos latinos, ¿decidió utilizar el trampolín del ejercito yankee para conseguir un diploma, un permiso de residencia? ¿No le faltó “educación cívica”, de la buena, para ampararse al estado de derecho costarricense? ¿Participó realmente en torturas en Iraq o puede escudarse tras el hecho de obedecer órdenes? ¿Era y es consciente de los derechos humanos, los de otros como los propios, a partir de los procesos de Nürenberg, Potsdam y Leipzig, la jurisprudencia de la Corte Internacional de los Derechos Humanos, en Luxemburgo, y las Convenciones de Ginebra? Por último, ¿ser objetor de conciencia es sinónimo de no tener conciencia?
Dato escalofriante. El porcentaje de suicidios entre los soldados norteamericanos, vueltos de un frente bélico, se revela siete veces mayor que en la población corriente… Me vienen a la mente otros centroamericanos enrolados (¿enrollados?) en tropas imperiales: este, tico también, a cuya memoria figura una lápida al sur de la iglesia de Curridabat, víctima de la guerra de Vietnam; aquel, Salomón de la Selva, nicaragüense para más señas, poeta sensible en las trincheras de Flandes. En 1917, la Corte Marcial del Frente de Batalla de Su Majestad mandó fusilar “a los ojos del enemigo” a 29 jóvenes ingleses como desertores. Ahora se les diagnosticaría el síndrome shell-shock (SSS), variante del síndrome de estrés postraumático (PTSS). Pobre Mejía, al ser “solo” degradado y encarcelado, algo hemos avanzado desde la Primera Guerra Mundial (aunque ahora todas las guerras son mundiales). Otras preguntas más siguen sobre el tapete, entre otras: ¿cabe poner la otra mejilla? y ¿habrá otro caso Mejía?