
El descenso de Arias del 47% de opiniones favorables en setiembre, a un 45% en febrero, cobra especial importancia si se ve en el contexto de los mayores porcentajes de ciudadanos que se oponen al TLC y de los que piden discutir más el tema, según la última encuesta de Unimer publicada por La Nación .
Pese a la habladera, en realidad no ha habido una verdadera discusión. Lejos de un debate sustantivo sobre el TLC, cuando no ha sido una descalificación, lo que se ha dado es un monólogo, en el que cada quien afirma y niega lo que quiere, sin sopesar las objeciones ajenas ni las opiniones adversas. La propaganda sustituyó la discusión.
A nivel legislativo la preocupación ha sido cómo acelerar los procedimientos y validar las reformas casuísticas al Reglamento; pero nada más. Es una controversia plagada de disimulos y artimañas, más preocupada de salvar las apariencias y evitar anulaciones de la Sala IV, que de respetar la Constitución, que se percibe, cada vez más, como estorbosa y molesta. De este modo, el orden constitucional se soporta, pero cada vez que se puede, se elude. No es un valor institucional que se valora y respeta por conciencia, sino un obstáculo que se brinca y se viola cada vez que se necesita.
En la manifestación del 26 lo importante no fue la cantidad, sino la variedad de actores participantes. Su valoración exigía mucho más cuidado y prudencia. Sin embargo, con notorio menosprecio, la Presidencia creyó del caso reunirse solo con los rectores, aprovechando la ocasión para desautorizar al del TEC, sin ver que así se quedaba sin interlocutor válido. ¿Quién aconsejará al Presidente y qué duende malévolo inspira a sus estrategas que así quieren perderlo, dejándolo sin interlocutor verdadero?
En vez de abrir un diálogo creador con quien es su más natural y obvio interlocutor político: el PAC, guste o no; al que se suman, en menor medida, el Frente Amplio y el PASE; y extender una invitación abierta y pública a la reticente dirigencia sindical, todos los esfuerzos del Gobierno se agotaron en anular a una figura simbólica y formal –el rector del TEC–, de cuyo debilitamiento no pueden ganar nada, salvo puentes rotos. Un proceder tan torpe sería bueno si se quiere la confrontación y la violencia; pero es pésimo, si se busca adoptar decisiones democráticas importantes dentro de un espíritu de armonía y paz.
¿Será esta cerrazón caprichosa lo que realmente quiere el Gobierno para provocar el choque, o es solo el resultado de su falta de imaginación, de tacto y habilidad políticos? El tiempo lo dirá. Por ahora, me temo que solo los extremistas y violentos lo estarán agradeciendo.