Una sociedad tiene tres vías para oponerse a algún hecho, persona o corriente que le resulta molesta: la eliminación (mátelos, expúlselos), la asimilación (absórbalos hasta neutralizarlos) y la descalificación (ríase de ellos). En lo que concierne al cristianismo -la persona y obra de Jesucristo, su mensaje, sus seguidores-, cada época ha preferido alguno de esos tres modos de oposición, sin descartar del todo los otros dos.
El Imperio Romano en los siglos I-III recurrió a la eliminación directa, como han hecho otros regímenes en distintos momentos de la historia. También son intentos de eliminación, esta vez como negación ideológica y filosófica, los embates que contra el cristianismo emprendieron las sociedades occidentales a partir de la Ilustración del siglo XVIII, y que siguieron con gran fuerza durante la mayor parte del siglo XX: se pretendió negar la existencia de Dios, o persuadir a la gente de que toda religión era "el opio del pueblo", o calificar al cristianismo como una simple serie de mitos y supersticiones.
Durante la Edad Media, en una forma que en gran medida sigue vigente en sociedades de tradición cristiana como las latinoamericanas, el método de rechazo fue principalmente la asimilación. La sociedad entera se hizo cristiana en lo superficial, sin una verdadera conversión a Cristo. Así, no era fácil distinguir a los cristianos auténticos de los que simplemente tenían un barniz religioso cristiano; no se entraba en la fe cristiana por conversión personal, sino por herencia de una tradición social. Este fenómeno hizo que el cristianismo perdiera en gran parte su fuerza transformadora al convertirse en un elemento más de legitimación del sistema imperante.
Y la actual época "postmoderna", que se ha manifestado sobre todo a partir de la última década del siglo pasado, parece haber optado principalmente por la descalificación. La asimilación pierde terreno en una sociedad ya descristianizada o postcristiana: actualmente ya no hay necesidad de respaldar las creencias ni la moral cristianas para ser aceptado en la sociedad. La eliminación o negación frontal de la fe cristiana resulta innecesaria en un ambiente donde, por una parte, se enarbola la supuesta "tolerancia" y, por otro lado, cualquier tipo de religiosidad está de moda: mientras hace treinta años la gente no quería creer en nada, hoy está dispuesta a creer en cualquier cosa.
Tres tipos de descalificación. Por eso el nuevo discurso anticristiano se expresa principalmente como una descalificación -a veces sutil, a veces abierta- que tiene, a su vez, tres manifestaciones principales. La primera es de corte pseudorreligioso: en ese ambiente en que la "nueva era" ha puesto de moda toda religiosidad, se arremete contra el cristianismo con un lenguaje parecido al suyo. Con el resurgimiento de las corrientes gnósticas y esotéricas, hay grupos o individuos que aseguran tener un conocimiento superior que prueba, según ellos, la falsedad del cristianismo en la versión "oficial" que siempre se ha conocido. El mejor ejemplo de esto es la famosa obra El código da Vinci: su autor dice haber tenido acceso a fuentes que se mantuvieron ocultas por mucho tiempo (típica afirmación del esoterismo) que demostrarían que quienes han seguido al cristianismo han sido víctimas de un vil engaño, y que toda la historia cristiana se remonta a la trillada fábula del pretendido romance entre Jesús y María Magdalena. No se ataca la fe cristiana rebatiendo sus postulados doctrinales, sino inventando una calumnia barata, y pretendiendo sustentarla con argumentos científicos adornados de la espiritualidad de la "nueva era".
La segunda forma de descalificación se da en el campo moral; se aprovechan los pecados -reales o supuestos, grandes o pequeños- de líderes y ministros cristianos para desautorizar así a una Iglesia específica o al cristianismo en su totalidad. Obviamente aquí la mayor parte de la responsabilidad recae sobre esos líderes cristianos, por cuya culpa se desacredita la fe: ese es, precisamente, el efecto de un "escándalo", el hacer tropezar a otros. Sin embargo, por otra parte, es admirable la habilidad de ciertos sectores opuestos al cristianismo para sacar provecho de estos tristes y lamentables sucesos, poniendo especial encono en destacar la caída de tal o cual sacerdote o pastor, con una intensidad que no usan cuando el mismo hecho lo comete algún otro individuo.
Y la tercera modalidad de descalificación contra el cristianismo, alimentada por las dos primeras, es el burdo cinismo. ¡Con qué liviandad se etiqueta a la Iglesia o a sus pastores como "tradicionalistas", como intolerantes, como sustentadores de "tabúes" en el campo moral! ¡Qué fácil es pintar a los cristianos como oscurantistas y tontos, a falta de argumentos de peso en su contra! Es que en la mente y en la actitud de algunos -probablemente unos pocos, pero que logran hacerse oír a gran volumen- prevalece un frío pragmatismo desprovisto de los más elementales valores humanos como el respeto y la consideración, pero ante todo una aplastante ignorancia que, en vez de reconocerse tal, se expresa mediante la burla, la arrogancia y hasta el disparate. "La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la han vencido" (San Juan 1:5).