Con la situación mundial de por sí ya tensa, tras el ataque terrorista contra EE. UU. del 11 de setiembre pasado, otras dolorosas noticias nos llegan de Oriente Medio, que contribuye a complicar aún más al escenario geopolítico. El asesinato del ministro israelí de Turismo, Rehavam Zeeví, ha sido el nuevo detonante que desencadenó una respuesta inmediata del ejército israelí y del propio Gobierno de Ariel Sharon, la cual ha cobrado la vida de seis palestinos en las últimas horas. Las posibilidades de que el conflicto se intensifique son enormes y existe la sensación, tanto para la mayoría de diplomáticos occidentales como para los analistas internacionales y periodistas radicados en la zona, que este enfrentamiento pueda convertirse en una escalada de violencia como la que no se veía en la zona desde 1998. Inclusive, podría ser más seria aún, dada la exacerbación emocional e ideológica que se percibe en los sectores en conflicto.
El panorama es realmente explosivo pues la Autoridad Palestina de Arafat se ha negado frontalmente a entregar a los responsables de la muerte del ministro israelí, supuestamente oficiada por el grupo armado Fatah, una de las estructuras militares y terroristas asociadas a la propia Autoridad Palestina. La solución ante esa negativa ha sido, una vez más, como muchas veces lo han hecho en los últimos años tanto israelíes como palestinos, aplicar la Ley del Talión y tomar la justicia por propia mano. Entre acusaciones mutuas de "terrorismo de Estado", por parte del Gobierno de Sharon, contra la Autoridad Palestina, y "presión salvaje y asesinatos injustificados", por parte de Arafat contra Israel, este nuevo hecho tiene un significado sustantivamente distinto de muchas de las muertes y de casos similares anteriores. Todos los signos parecen indicar que la capacidad de negociación de ambos sectores se está agotando, y no solo Arafat, sino también Sharon, parecen hoy, más que nunca, víctimas de su entorno. Y esta circunstancia sí es realmente peligrosa porque puede traer consigo, con los ánimos incendiados y con los líderes de ambos sectores maniatados por sectores fanáticos o ultranacionalistas, el inicio de una guerra frontal.
En anteriores editoriales hemos expresado lo que es público y notorio: la pérdida de capacidad de control político de Yaser Arafat, en relación con los muchos sectores ultrarradicales palestinos ligados a la violencia de las intifadas, de lo cual se sigue que Arafat, víctima de esas circunstancias, está dejando de ser una contraparte negociadora válida ante la manifiesta incapacidad de controlar adecuadamente muchos de los grupos fanáticos provenientes de territorio palestino. Sin control real no hay liderazgo. Esa percepción, desafortunadamente, se ratifica con todos estos hechos pues el asesinato del ministro israelí no vino esta vez de sectores armados no orgánicos (como algunos de los grupos fundamentalistas repartidos en distintos lugares de Palestina), sino que ha sido obra de grupos armados bajo el supuesto mando del propio Arafat. A esta deslegitimación creciente de Arafat se suma una actitud crecientemente reactiva y peligrosa de Sharon, a su vez presa de los sectores más ultraconservadores y radicales de su partido, siempre proclives al enfrentamiento y a la solución militar. No es casual que la figura de Peres haya desaparecido en los últimos días. Desafortunadamente, todas las condiciones están dadas para un agravamiento del conflicto.