El país está a la espera de una nueva dinámica social, más activa, más constante y llena de "deseos operativos". Pareciera que se impone otro estilo de vida, una apertura más humana en las relaciones de convivencia, donde primen la libertad responsable y la verdad. O sea, relaciones donde florezcan la confianza y el espíritu de servicio. Porque estamos en este mundo para servir; nadie puede desentenderse de este deber elemental de convivencia.
Ya se sabe, servir desde el puesto que cada uno ocupa en la sociedad. Por eso hay distintas formas de servir. Y de sus diferentes trillos nace el vértice de la solidaridad social, la fraternidad y la concordia, tan puesta de manifiesto en esta inusitada espera electoral que hemos vivido por estos días. Fue inadmisible la desconfianza vertida sobre el Tribunal Supremo de Elecciones.
Estas virtudes de convivencia pueden lavar la cara sucia de la sociedad, presa de un superable cansancio moral. El país pide una mayor exaltación y vivencia de los valores humanos, culturales y espirituales para combatir este cansancio, el pesimismo generalizado y la falta de espíritu de lucha, que nos frenan y no nos dejan sacar lo mejor de nosotros mismos, que no es poco.
Pero hay algo que nos está impidiendo dar ese salto cualitativo, consistente en difundir en todas las capas sociales el bien, el espíritu de lucha, el optimismo y una buena dosis de "moral de victoria". Ese algo es la voluntad de hacer. Así, la Iglesia, el sistema educativo y el Estado nos han enseñado cosas buenas, como el amor al prójimo, la hermandad y la igualdad, el conocimiento y el cultivo de la inteligencia, el sentido de justicia y el orden del derecho, y tantas cosas más que nos distinguen como personas y ciudadanos de paz, humildes, pacientes e intuitivos y deseosos de consolidar conquistas sociales, tradiciones e instituciones y como un acendrado afán de abrirle nuevas vías al progreso.
La hora de los pobres. Las elecciones lo han demostrado. No obstante, ha habido un desequilibrio económico y social, originado, internamente, por un capitalismo clasista y ascendente, no expansivo. Hoy es la hora de los pobres. Las baterías deben enfilarse hacia ellos. Lincoln decía que seguro Dios los quería mucho porque había hecho muchos. Por su parte, el papa Juan Pablo II insistía en la "opción preferencial por los pobres". Una opción no exclusiva, pero sí real. Porque no podemos dejarlos solos. Son nuestros hermanos. También ellos son parte clave de la paz social del país. Es su hora. La justicia patria y la internacional no pueden dejar de girar en torno a ellos. Se trata de un imperativo ético de amor humano y sobrenatural, de conveniencia, de honor y de previsión política. Debemos luchar por los pobres. El mundo no puede caminar bien sin su ascenso. Es inhumano que millones de personas mueran de hambre mientras otros mueren por sobrealimentación. Se impone, al menos en nuestro país, corregir estos desequilibrios. Costa Rica puede y debe asegurarse el futuro de la paz social hasta hoy reinante.
Abrigo la esperanza de que la administración Arias nos depare una nueva dinámica social y nos enrumbe mejor de como lo han querido hacer los últimos gobiernos. Todo es posible, mas recordemos aquel lema de la fructífera y honorable administración Trejos Fernández: el esfuerzo propio. Quitémonos la venda de los ojos y no lo esperemos todo del Estado.