Opinión

Nostalgia del infierno tan temido

El reino del consumo no es el de Dios en la Tierra

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Mi abuela Petrona tenía en el traspatio de su casa en Masatepe un horno de panal en el que cocinaba sus rosquillas, muy afamadas en el pueblo, y que las vendedoras ambulantes recogían después del mediodía para llevarlas en bateas a los andenes de la estación del ferrocarril, donde las ofrecían a los pasajeros del tren vespertino que venía de Masaya. La boca de ese horno, por la que entraban y salían a pulso unas largas palas cargadas con las sartenes, ejercía sobre mí una terrible fascinación, porque sus llamaradas revueltas, que calcinaban dentro los leños de madroño con que se alimentaba aquel infierno, se revolvían rabiosas dentro de su prisión en un estallido de colores de sangre luminosa, oro de lava incandescente y azul de azufre, aventando por toda la estancia ahumada sus chisporroteos que venían a morir a mis pies en pavesas.








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