Mi abuela Petrona tenía en el
traspatio de su casa en Masatepe un horno de panal en el que
cocinaba sus rosquillas, muy afamadas
en el pueblo, y que las
vendedoras ambulantes recogían después
del mediodía para llevarlas en bateas a los
andenes de la estación
del ferrocarril, donde
las ofrecían a los pasajeros del tren vespertino que venía de Masaya. La boca de ese horno, por la que entraban
y salían a pulso unas
largas palas cargadas
con las sartenes, ejercía sobre mí una
terrible fascinación, porque sus llamaradas revueltas, que calcinaban dentro
los leños de madroño con que se alimentaba aquel infierno, se revolvían rabiosas dentro de su prisión en un estallido
de colores de sangre luminosa, oro de lava incandescente y azul de azufre, aventando por toda la estancia ahumada sus
chisporroteos que venían a morir a mis
pies en pavesas.
El fuego era el ejemplo de castigo con
el que mi abuela amenazaba siempre a
la parvada de nietos díscolos y traviesos, un infierno sin mejor semejanza
real que su horno encendido desde la
madrugada, fiel creyente ella misma de
que los malvados de obra y corazón
irían a dar a un averno de llamas como
aquel de su traspatio, con el que se ga-
naba la vida, sólo que infinitamente
más grande.
Las imágenes del purgatorio me las
daban las lecciones de historia sagrada
impartidas por el padre Fabio de Jesús
los domingos en la iglesia parroquial,
ilustradas con láminas que él señalaba
con el puntero. Las almas que necesitaban de purificación se retorcían entre
espasmos terribles en un mar de llamas, los brazos alzados en súplica de
ser libradas del tormento. Eran almas --
las almas, en femenino-- representadas
con rostros de mujeres dolientes de ca-
bellos largos, igual a como las vi muchos
años después en el frontispicio de la
iglesia de Las Ánimas en Santiago de
Compostela. Se trataba, no hay duda, de
un asunto de género, puesto que era entendido que las mujeres tenían más pecados que purgar que los hombres.
Fuego purificador. A mí, más que
el horno al rojo vivo de mi abuela, el infierno de donde nunca habría salvación
porque las llamas soplarían su tormenta de suplicios por toda la eternidad, me
inquietaba el fuego purificador del pur-
gatorio, de donde sí se podría salir alguna vez, y que se parecía más a sus propios castigos maternales, que por muy
crueles que parecieran terminaban
siempre con el perdón, como aquel de
amenazarnos con meternos las manos
pecadoras en la boca del horno.
De las bienaventuranzas del cielo
confieso que no solía preocuparme mucho, tan plácido me parecía en su eternidad inamovible de cirros y nimbos; y
del infierno estaba seguro de que iba a
salvarme, ya fuera por la purificación
del purgatorio, o porque ni siquiera pasaría por sus llamas, si me atenía a las
reglas que me eran impuestas por el padre Fabio de Jesús; en otra lámina suya,
el ojo severo de Dios, enmarcado en un
triángulo, vigilaba desde las nubes de
manera simultánea a cuatro niños
transgresores que venían a ser en realidad el mismo niño: uno traspasaba el
cercado ajeno para coger una manzana,
el otro se escapaba de la escuela para
pasar un día espléndido bañándose en
la poza sombreada de un río, el otro
huía tras quebrar de una pedrada el vidrio de una ventana, y el último dejaba
de asistir a la misa del domingo. Todos
eran pecados reparables mediante actos
de contrición, y yo sabía que podía vérmelas con ellos, pese al gran ojo vigilante o, precisamente, gracias a Él.
No había todavía en mi repertorio infantil pecados de lujuria, ni de odio, ni
de ira, ni de ambición ni engaño, los que
según se descubre en la nueva doctrina
católica proclamada recientemente por
el Papa, son manifestaciones del infierno que uno lleva dentro de sí, más bien
estados del alma que lugares físicos de
castigo y condenación, algo que mi
abuela no ignoraba. Pero una cosa era
para ella el infierno físico después de la
muerte, como su horno colmado de llamas, en el cual creía ciegamente, y otra
el infierno aquí en la tierra, que soflama
de dolores e infortunios el corazón, el
suyo muy llagado ya para entonces.
Al primer mundo. En recuerdo de
mi abuela digo que el Papa ha hablado
en este fin de siglo para los católicos del
primer mundo, cada vez más alejados
de los miedos al castigo eterno, y desdeñosos de los premios del cielo, que vistos
como conceptos, y no como lugares, no le
hacen mella al hedonismo reinante. Su
mensaje no está dirigido al rebaño leja-
no, a los católicos rudimentarios que como mi abuela han cifrado siempre su fe
en el poder convincente de las imágenes, sino a los otros católicos, cada vez
más asépticos del reino del consumo,
que no es el de Dios en la tierra.
Si mi abuela Petrona viviera, vería
este anuncio papal como un signo del
fin de los tiempos y de la perdición del
mundo, y tendría al sumo pontífice nada menos que por un apóstata de su fe
irreductible, donde paraíso, purgatorio e
infierno, para no hablar del más inocente limbo, eran lugares a los que uno necesariamente llegaría un día por sus
propios pies y con sus vestiduras terrenas, según fuera el peso de sus pecados.
No eran metáforas. La metáfora para
ella era la otra, la vida que por sus tormentos dolorosos aplicados al alma se
asemejaba al otro infierno del más allá,
que a su entender sí era verdaderamente físico, y donde el fuego asaba la carne
pecaminosa y derretía con constancia
las médulas que así gloriosamente ardían.
Yo en todo caso, sigo fiel a las amenazas de mi abuela, el infierno como un
horno de cocer rosquillas; y a ella la creo
en el más puro de los cielos, donde si
faltaran arpas la consolarán los arpegios encantados del violín de mi abuelo Lisandro.