"No hay palabras...", decimos y oímos decir con harta frecuencia cada vez que no encontramos la expresión adecuada para referirnos a alguna experiencia personal, emocional o estética. ¿Por qué no pensar que "sí hay palabras"? Porque el anterior no es el único ejemplo de un desencuentro con las palabras; hay otras variables. Ante algo exquisito que nos comemos, decimos que "está de muerte". Algo bello "es de infarto". Algún pequeño susto o contradicción nos provoca "derrame cerebral". Lo hermoso es "de ataque" y en ocasiones también de "embolia". Lo bonito "es un sueño" o "de espanto". Si algo nos fascina, estamos prontos a "caer en cruz"; y, ante un posible fracaso: "nos cortamos las venas" o, en ocasiones, "nos hacemos el hara-kiri...". Los ejemplos abundan y, curiosamente, evocan un trágico sentido de muerte (dormir/soñar es también una forma de "morir") estableciendo una relación placer/dolor y en última instancia, eros/tanatos.
Todo es "divino". Otra tendencia o forma de desencuentro es el uso de la palabra "divino". Desde su etimología (divus, divinus) se relaciona con lo celestial, sobrenatural, bienaventurado, glorioso, paradisíaco, etéreo; de ello se desprende que su uso, como adjetivo, pertenece al contexto de la divinidad. En la actualidad, desde un recién nacido hasta una casa, pasando por películas, cuadros, zapatos, vestidos, sombreros y comida... todo puede ser divino. Lo mismo sucede con "soberano" cuyo origen es señor, rey, monarca, káiser, príncipe, zar y ahora es otro de los nombres de lo bello.
Otra modalidad es la repetición, que en este contexto no tiene el efecto poético y, estético de la aliteración. Utilizando el ejemplo anterior, decimos que algo o alguien es divina, divina, divina... simplemente divina. O bien, lo blanco en vez de ser níveo, albo, argento, nevado, es más bien, blanco, blanco, blanco, blanco, blanco... No podemos negar que en estos casos la aliteración se aleja de su carga poética, como lo es la conocida imagen de Lorca, verde que te quiero verde, a la cual se llega por un largo proceso intencional de depuración y decantación del lenguaje. Hay una nueva expresión: el decir que alguien "es demasiado..." ¿demasiado qué? ¿de verdad no tenemos palabras para continuar la frase?
¿Qué implican estos desencuentros con las posibilidades de nuestro lenguaje? Por un lado, representan la necesidad de expresarnos, de comunicar emociones, sensaciones y experiencias, en forma apresurada y con gran economía de esfuerzo. Pero también la poca frecuencia con que visitamos los diccionarios (los tradicionales, los ideológicos y los de sinónimos), lo cual además de recordatorio, nos llevaría a un reencuentro con las palabras para reaprehenderlas y preservar su significado verdadero. Debemos sumergirnos en el caudal del lenguaje, para luego soltar las palabras y que fluyan libremente, cargadas con sus connotaciones, su plurisignificación y su fuerza comunicativa.
Recordemos que las palabras son nuestro pensamiento, por ello guardan información. Porque, tal y como lo mencioné en otra ocasión, adquirir el lenguaje implica apoderarse del mundo y transfigurar las experiencias en un universo del discurso. Por eso, con ese poder en mano, el hombre ha podido, a través de la historia, expresar sus necesidades diarias, sueños, pasiones, deseos, emociones, sentimientos, mitologías, religiones. El lenguaje es dinámico, versátil, cambiante; de ahí su poder, su capacidad de seducción y su potencialidad.
No permitamos que la velocidad con que discurre el tiempo actual, que nos aprisiona y nos maneja, nos vuelva necrófilos y redundantes. No hagamos obsoleto el significado de las palabras y más bien rebusquemos en el acervo y acopio del lenguaje, nuestra herramienta más importante. Lo dijo Jorge Debravo, en otro contexto, pero creo que válido para nuestra propuesta: "Soy-hombre, es decir, animal con palabras. Y exijo, por lo tanto, que me dejen usarlas". Sí hay, palabras, busquémoslas y usémoslas.