El proceso de toma de decisiones se caracteriza como una actividad de procesar información sobre un determinado problema (aquello que no tiene una lógica y fácil solución) para crear diversas alternativas de opción o solución.
Este proceso creativo requiere de mucha innovación, garra, brío y resolución; más aún del que toma la decisión.
El que decide toma la decisión solo; por tanto, requiere de determinación, carácter, coraje y tenacidad. La toma de decisiones no es para pusilánimes.
Precisamente los ejecutivos que tienen los mejores salarios son aquellos que, ante un problema de negocios, pueden producir varias alternativas de solución, escogiendo la que consideran que maximiza el beneficio.
Una vez tomada, la impulsan con determinación y liderazgo porque para su éxito requiere comunicarla eficientemente, debe persuadir, convencer, explicar y retroalimentar a otros sobre las razones de por qué se tomó esa decisión. El éxito o el fracaso dependerán más del empeño que el ejecutivo ponga a la ejecución de la opción escogida, que a la opción misma.
En consecuencia, el proceso de toma de decisiones es muy emocional ya que es más un proceso social e interpersonal que uno cognoscitivo. Sin embargo, a mayor nivel de incertidumbre o de impacto -porque el resultado esperado es más incierto o golpeará a ciertas personas o grupos-, la decisión será más difícil de tomar.
Las consecuencias. Una decisión difícil es aquella según la cual quien toma la decisión prevé que generará muchos problemas personales (roces, enfrentamientos) o sociales (huelgas, manifestaciones) o de imagen (no es popular, no queda bien).
Los políticos acuden al análisis de probabilidades, tratando de evaluar, por medio de encuestas, qué porcentaje de los ciudadanos estarán o no de acuerdo, y generalmente actúan de manera populista, siguiendo la escogencia de la mayoría, por cálculo político o imagen.
Los ejecutivos utilizan métodos cuantitativos para apoyar su valoración de juicio y toman la decisión en su soledad gerencial.
Sin embargo, en ambos casos, por algunas de estas razones, si un político o un ejecutivo escoge no decidir, es decir, no hacer nada, tal vez sin saberlo o sin darse cuenta, está decidiendo porque esa es una forma de decidir, e igualmente tiene consecuencias.
Si un gerente o político deja en su gaveta una carta que plantea un problema o situación sobre la que debe tomar una decisión, o deja en su mente una situación evidente, pero comprometedora, y no toma ninguna decisión, habrá consecuencias.
El silencio ante una carta en el sector público se puede considerar silencio positivo; es decir, está de acuerdo con el planteamiento, situación o problema.
Su postergación puede hacer que los solicitantes o afectados tomen decisiones con base en ello. Precisamente esta es una de las formas en la que situaciones comprometedoras escalan y se vuelven explosivas.
En el sector privado es difícil observar a un ejecutivo exitoso posponer decisiones. Al contrario, estos se caracterizan por una respuesta eficiente ante cualquier situación o planteamiento.
¡Al toro por los cuernos!