El siglo XX está terminando justamente como empezó: con una guerra étnica en los Balcanes y con la mayoría de los estadistas y políticos del planeta tratando de imponer orden en una región que históricamente se denominó como el ¨polvorín¨ o ¨la canja de Pandora de Europa¨, tal y como ha recordado recientemente Michael Dobbs.
La actual preocupación sobre los Balcanes no es casual ni gratuita. En los primeros años del siglo, este conflicto daría lugar a la Primera Guerra Mundial y al inicio, además, de una serie de enfrentamientos que jalonarían el resto de la centuria: la confrontación entre Francia y Alemania, entre Hungría y Rumania y de allí hasta la Segunda Guerra Mundial. En otras regiones del planeta el siglo XX fue testigo también del conflicto arabe-israelí, la guerra del Viet-Nam, el desmantelamiento tribal de los incipientes estados-nacionales en el Africa subsahariana, las reivindicaciones raciales en la India, Africa del Sur, América Latina y América del Norte.
La mayoría de los conflictos de esta centuria fueron aparemente ideológicos ( alguien, inclusive, lo llamó el Siglo de las Ideologías). Sin embargo, oculta en el fondo pervivía su verdadera naturaleza: los particularismos étnicos y los nacionalismos históricos con el fin de la Guerra Fría -y una vez levantada la olla de presión de las ideologías - la década de los 90 sirvió para desnudar una de las causas esenciales del conflicto humano: la afirmación del territorio, el sentido de identidad y de patria, la religión y la raza. (La otra causa de conflicto fue históricamente la económica, y por una razón similar: se refiere también al sentido de la pertenencia y la identidad). Tanto la Primera como la Segunda Guerra Mundial fueron resultado del intento de imponer nacionalismos sobre otros, valores de raza e históricos odios ancestrales.
El siglo XX es un enorme fresco en el cual están dibujadas la mayoría de sus guerras y avances con un signo contradictorio: la racionalidad política versus la revuelta neotribal. Se trata de la revuelta de la premodernidad, como rechazo al racionalismo de la Ilustración que constituyó el Estado de la modernidad, esa ¨ arena neutra y racional donde compiten todos los intereses¨, como decía Bobbio. Esa es la gran paradoja del fin del siglo XX. Por un lado, la afirmación de un mundo global caracterizado por la eliminación de las fronteras económicas y la ubicuidad de los procesos productivos y de intercambio. Por otro lado, emergiendo de la noches de los tiempos, los atávicos y virulentos reflejos de tribu, la eterna lucha de los nacionalismos.
Un mundo en transformación
A pocos meses de ingresar al próximo milenio, el mundo continúa siendo un lugar básicamente incierto y peligroso. Desde fines de la tumultuosa década de los ochenta, el planeta había realizado parcialmente lo que Huntington denominó en su oportunidad "la tercera ola" de la transición a la democracia. Sin embargo, esa transición es todavía parcial, frágil e incierta en muchos lugares del planeta. Tanto en el Sur de Africa, como en el África
subsahariana, así como en América Latina, Afghanistán y el Medio Oriente, por no hablar de la hirviente zona de los balcanes o los países de la antigua Unión Soviética, las transiciones democráticas dieron lugar ciertamente a democracias electorales caracterizadas, no obstante, por una fuerte delibilidad institucional y diversas formas de corporativismo, autoritarismo y patriarcado ideológico.
Muchas de estas experiencias no han logrado aún acertar en algo esencial para el sostenimiento democrático: la producción de riqueza social. Rápidamente se evidenció que el exito rampante de los "tigres" asiáticos a partir de los años 70 (Hong Kong, Singapur, Corea del Sur y Taiwán) no constituía un modelo fácil de imitar en otros lugares del mundo por diversas razones, tanto socioculturales como geopolíticas. El éxito de los llamados NICs (Newly Industrialized Countries, o países de reciente industrialización) resultaba ser parcial o limitado a un modelo político vertical difícil de imitar por los países en vías de desarrollo de Occidente.
Los primeros países en experimentar esta transición a la democracia fueron las naciones del sureuropeas: Grecia, España y Portugal. Las tres vivieron su transición democrática entre 1974 y 1975, y lograron en una década y media un cambio sin precedentes: de ser países marginales de la escena europea, en pocos años quintuplicaron su ingreso per cápita y su producto interno bruto (PIB) y lo han llevado al 70 por ciento del promedio europeo. Adicionalmente, ingresaron a la Unión Europea UE y a la OTAN y constituyen hoy países estables. Como ha recordado irónicamente Howard J. Wiarda, incluso se dan hoy el lujo de ser aburridos políticamente. La única excepción es el violento conflicto en el país vasco y el enfrentamiento con la ETA con el Estado-nación español, otro conflicto pendiente de la premodernidad.
Una evolución similar se experimentó en Asia. Paulatinamente, los modelos políticos autoritarios de países como Corea del Sur, Taiwán y Singapur se han transformado en sistemas más abiertos, y han tendido al pluralismo y a la democracia. Los modelos corporativistas-autoritarios del Partido-Gobierno (el histórico Kuomitang) taiwanés es el ejemplo más claro. Se transformaron paulatinamente en sistemas más abiertos y participativos, en lo que se ha dado por llamar corporativismo social.
Adicionalmente al éxito de los principales NICs, el boom económico se ha extendido a otras naciones, como Indonesia, Malasia, Filipinas, Laos y Tailandia, e inclusive a países todavía formalmente comunistas como Vietnam y China, que en la última década experimentaron los beneficios del crecimiento resultantes de la sociedad de mercado. Inclusive la India, que ha gozado un proceso democrático durante los últimos 50 años, abrió su sistema siguiendo el ejemplo de sus vecinos asiáticos, y ha generado mayor riqueza y dinamismo en su economía.
Diez años después del Muro
La antigua Europa del Este, por su parte, ha tenido una transición relativamente exitosa. Como ha recordado Wiarda, el aserto de W. W. Rostow referido a considerar el "marximo-leninismo" como una "enfermedad" de la transición entre la tradición y la modernización política económica, debería ser extendido también a considerar el autoritarismo corporativista (Franco, Pinochet, el autoritarismo asiático de los sesenta y setenta, etc) como una "enfermedad" igualmente transicional.
Esta acotación sirve para explicar también la evolución de los países antiguos de Europa del Este. Aquellas naciones que tenían una suerte de memoria histórica del Estado-nación desarrollado institucionalmente, fueron capaces de vivir la transición del fin del comunismo con éxito: Polonia, Hungría y la República Checa constituyen los casos más exitosos de afianzamiento político y económico en la última década y son ahora miembros plenos de la OTAN. A la par de ellos, también los estados eálticos y Eslovenia están cada día más cercanos a los patrones occidentales.
Los casos de Rumania, Bulgaria, Croacia, Bosnia y Serbia, son más complejos y sangrientos, como se ha evidenciado en la última década. En estos países, el desacomodo entre el mapa político y sus habitantes constituye un problema histórico, que viene de muchos siglos atrás. El conflicto entre la nación serbia y sus vecinos es prácticamente milenario; otro problema de pre-modernidad aún no resuelto.
En el caso de Rusia y los antiguos estados soviéticos, la situación es mucho más compleja. Rusia ha desarrollado una transición contradictoria. Por un lado, la apertura del mercado y la dinamización de la economía presenta algunos avances. En su conjunto, sin embargo, el sistema no funciona aún porque la capacidad tecnológica instalada no es competitiva y, lo más grave, el sistema político arrastra muchos de los vicios de corrupción y de la burocracia ideológica del pasado. Por otra parte, las reformas democráticas no se han institucionalizado y la amenzada pendiente de un golpe de estado y un retorno de los sectores comunistas duros pende como una espada de Damocles sobre el sistema. La reestructuración política e institucional, el crear reglas claras y modernas que permitan el crecimiento del mercado y la sociedad civil es el único camino inteligente que puede tomar Rusia.
En el caso de la antigua Comunidad de Estados Independientes, los estados bálticos, Chechenia, Azerbajian, Kazakhstan, Uzbekistan, Tadzhikistan, Kyrgyztan y Turkmenistan parecen estar más inspirados en el modelo del este asiático y con una propensión al autoritarismo político y al centralismo económico.
El panorama sigue siendo complejo en otras regiones del orbe, como el Africa subsahariana y el mundo islámico. En esos países se vive una situación contradictoria, que pende entre el ocaso de los viejos modelos de inspiración marxista y la pervivencia de autocracias monopersonalistas, en muchos casos inspiradas en fundamentalismos tribales y religiosos.
El Estado-nación de la modernidad, es decir la república como creación colectiva y depositaria del poder ciudadano, ha sido un estadio alcanzado sólo parcialmente en algunos de esos países: Algeria, Jordania, Irán, Kuwait. El resto de estas naciones siguen inspirados en el Estado-nación premoderno, según el cual la legitimidad y la soberanía tienen un signo trascendentalista o autocrático, distinto a la justificación que funda la democracia. China es punto y aparte.
China está destinada a convertirse en una de las grandes potencias del siglo XXI. Con casi una tercera parte de la población mundial, sus posibilidades de crecimiento económico son tremendas y harán valer su peso en las próximas décadas. Su principal problema todavía es ideológico y político: como pasar de un estado monolítico y cerrado, a un sistema abierto sin morir en el intento, tal y como le sucedió a su vecino soviético.
América Latina, por su parte, ha avanzado significativamente en lo político y en el crecimiento económico. No así en el crecimiento social. Desde 1960 hasta la fecha la región no sólo se democratizó en lo electoral sino, adicionalmente, logró pasar de un 40 por ciento a un 70 por ciento de alfabetismo, y durante el mismo período cuadruplicó su producto interno bruto y su ingreso per cápita. Este impresionante crecimiento económico, que pone a América Latina después de Asia como la zona de más acelerado dinamismo económico del planeta, es -sin embargo- tramposo.
Los índices de crecimiento de desarrollo humano del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) demuestran que, después de 30 años de crecimiento macroeconómico, la región presenta más pobreza absoluta y relativa que en el pasado. El índice de disparidad social de América Latina (el llamado "coeficiente Gini") muestra que la diferencia entre clases altas y bajas es la más aguda del mundo, y supera incluso la de Africa. Hasta en las estadísticas, América Latina sigue mostrando su propensión a la fábula injusta, al realismo mágico y a la exageración bizarra.
Las nueva gobernabilidad
Una de las noticias para el nuevo milenio es que nuestras formas de gobierno van a cambiar. En los últimos años, el modelo tradicional de Estado-nación se encuentra viviendo una transición y transformación acelerada, como resultado de dos variables fundamentales . Por un lado, hay una explosión hacia afuera que llamaremos la fuerza centrífuga, que transforma el poder en sentido externo -internacionalizándolo- hacia los mercados regionales y hacia algo que podríamos llamar el desierto insondable de la globalización.
Esta fuerza centrífuga es la que conforma estructuras como la Unión Europea (UE) y el NAFTA (North American Free Trade Agreement) o el MERCOSUR. Esta regionalización está agrupando al planeta en bolsones de poder económico, con un sentido de pertenencia y de unidad, que ya ha transformado el escenario internacional en una campo de enfrentamientos y negociaciones por cuotas y proteccionismos regionales.
El regionalismo se encuentra en tensión con otra de las grandes tendencias: la globalización productiva y del comercio. El planeta se dirige a convertirse en un solo mercado y en una sola plaza como resultado de la ubicuidad de los insumos, de los procesos productivos y de los intercambios, del Internet y la globalización de la tecnología. Tal y como lo profetizara Marshall MacLuhan allá en los años 60 y -sobre todo- como lo previera Daniel Bell desde el año 1976 en ese libro lúcido y premonitorio llamado The Coming Post-Industrial Society (La próxima sociedad postindustrial) . La regionalización y la globalización constituyen fuerzas en contradicción, con su propia lógica e intereses, en una puja que seguirá durante las próximas dos o tres décadas.
Por el otro lado, está la fuerza centrípeta, que en forma paralela está transformado el poder hacia adentro, fortaleciendo los gobiernos locales y las instancias nacionalistas del poder. El fortalecimiento de la gobierno del País Vasco o la Generalitat de Cataluña en detrimento de Madrid, la revuelta municipal y de los gobiernos locales en América Latina, la eterna aspiracion del secesionismo de las provincias francesas en Canadá, son apenas pocos ejemplos de esa otra tendencia que está impactando las instancias de gobernabilidad en todo el planeta: los viejos estados nacionales se encuentran en un proceso de reestructuración y reacomodo; buscan sus raíces en la vieja afirmación de sus entidades étnicas, sus referentes nacionales e históricos. Es parte de la revuelta neotribal.
Esta tendencia al localismo, sin embargo, también tiene que ver con una exigencia de gobernabilidad: el sistema de relaciones económicas y sociales se ha vuelto tan complejo, que las exigencias de su gobierno son cada día más complicadas. Las escalas locales del poder están cambiando y existe hoy un paulatino traslado de competencias (administrativas, tributarias, fiscales) de los gobiernos centrales hacia los gobiernos locales. Es la microfísica del poder a la cual se refería agudamente Michel Foucault en los años 70. El mundo porvenir será (ya lo es, en buena medida) una curiosa mezcla de gobiernos locales e instancias de gobernabilidad intermedia -un conjunto de tribus si se nos permite la metáfora- dentro de un universo económico globalizado por la tecnología y la información.
Los retos del futuro
Estados Unidos emergió de la Guerra Fría como la única superpotencia del planeta, con un escenario, sin embargo, complejo, resultante de una diáspora del poder militar, nuclear y convencional. La desintegración de la antigua Unión Soviética, y del modelo bipolar, dio lugar a un escenario peligroso, con arsenal nuclear desperdigado en una gran cantidad de países del globo: India, Korea, China, Japón, Israel, Irak, Rusia, Brasil, casi toda Europa, así como algunas otras naciones capaces de desarrollar hoy potencial nuclear. Los peligros de una conflagración nuclear son hoy, paradójicamente, mayores que en la época del deterrence de la Guerra Fría.
Los avances de la OTAN para integrar a otros países europeos de Europa del Este han sido ciertamente efectivos y parecen tender, en el largo plazo, a la instalación de un sistema militar mundial, el cual podría ofrecer mayor seguridad y podría avanzar -en ausencia de amenaza- en la reducción mundial de armamento. La necesidad de que ese aparato militar dependa, sin embargo, de una suerte de gobierno mundial, es urgente. Es imperiosa la reestructuración o reconversión de la ONU para recuperar la legitimidad y el apoyo de todos los gobiernos del planeta. El siglo XXI deberá buscar formas de imponer un modelo racional de solución de conflictos, una suerte de tribunal penal internacional que juzgue la violaciones de los países en materia de derechos humanos, de genocidios y de bienestar básicos de los ciudadanos. Esta será una tarea difícil mientras no se logren armonizar lo intereses de los países desarrollados o postindustriales y aquellos que aún están en vías del desarrollo.
La experiencia desarrollada hasta ahora por la humanidad supone un valor que debería aprovecharse. Como ha indicado recientemente Thomas Friedman en su libro The Lexus and the Olive Tree, la creciente brecha de inequidad de ingresos que se genera en el mundo es resultado de la estandarización de las demandas y la necesidades.
Ciertamente, el mundo es más inequitativo que nunca, pero tiene el potencial para cambiar. Como informa el PNUD, para 1998 un 20 por ciento de los habitantes del planeta ganaba 30 veces más que el 20 por ciento más pobre y la suma de personas que tiene que vivir con un dólar diario llegó ya a los dos mil millones. Toda una vergüenza para la raza humana.
Ante las tendencias inexorables de la globalización económica, al estado nacional y el emergente estado local le asisten todavía importantes tareas. Sus funciones no deberán, en forma alguna, coartar el crecimiento del mercado, el cual ha mostrado históricamente su éxito. Deberá, sin embargo, seguir la receta de los países desarrollados que han logrado conciliar crecimiento y equidad. Por ejemplo, imponer modelos de redistribución de la riqueza, políticas fiscales y tributarias eficacess que permitan reinvertir en la población, en clases medias, en lo que se ha dado en llamar capital humano. El capital humano de una sociedad global. Esa será la principal tarea de las próximas décadas.