El presidente de Irán, Mahmoud Ahmedinejad, defiende el derecho de su país a desarrollar su capacidad nuclear (aunque niega que su país busque armas nucleares) y pone en duda décadas de investigación sobre el Holocausto con el mismo fervor. ¿Cómo se debe juzgar la negación de Ahmedinejad de que Irán tiene la intención de buscar armas nucleares a la luz de su negación del holocausto? Los periodistas preguntan, pero Ahmedinejad no responde. Su argumento es que Irán no quiere armas nucleares y no las utilizaría para repetir un crimen que nunca existió.
Algunos occidentales, si bien lamentan la falta de sensibilidad de Ahmedinejad, han tratado de minimizar el significado de su negación del Holocausto calificándolo como las invectivas de un fanático equivocado (como si el fanatismo equivocado fuera una característica incidental del presidente de una nación). No se trata de eso. La negación del Holocausto no es un argumento acerca del pasado; es un argumento sobre el futuro.
La intención de la negación del Holocausto es eliminar el tabú que se asocia actualmente con el crimen original. Para quienes lo niegan, el problema no es que el Holocausto haya sucedido, sino que la mayoría de la gente todavía lo considera algo malo. Así, se desestima a Auschwitz como un “detalle de la historia”, según la reveladora frase del político francés Jean-Marie Le Pen.
Obsesión criminal. Lo que más buscan quienes niegan el Holocausto es acabar con la idea de que los crímenes de los nazis tengan un impacto en las relaciones internacionales actuales o en las nociones mundiales sobre moralidad. Ahmedinejad señaló este punto en repetidas ocasiones en entrevistas con medios occidentales y en largas cartas dirigidas al presidente de los EE. U.U., George Bush, y a la canciller alemana, Ángela Merkel. Incluso ha sacado cuentas: han pasado en efecto sesenta años desde que terminó el holocausto, cinco veces lo que duró el período del gobierno nazi en Alemania. Por ello, le escribió a Merkel, ya es tiempo de “hacer que desaparezca la sombra de la Segunda Guerra Mundial”.
No es sorprendente que en lo que esté pensando sea Israel. Pero la obsesión de Ahmedinejad con Israel lo ciega a cualquier entendimiento de lo que en realidad sucedió en Europa durante la Segunda Guerra Mundial y al hecho de que la Europa de hoy se construyó a los largo de las seis décadas que han transcurrido desde entonces como respuesta a este desastre histórico. Al escribirle a Merkel se está dirigiendo a la líder de un país diezmado por el gobierno nazi –millones de muertos, toda una sociedad y una economía reducidas a escombros–.
Si hubiera tenido actividades políticas durante la época de los nazis, Merkel habría ido a parar a un campo de concentración. Sin embargo, al referirse a la respuesta de Europa al Holocausto, Ahmedinejad le pide que se imagine “la estatura que algunos países europeos podrían haber tenido y el papel global que podrían haber desempeñado de no ser por esta iimposición de 60 años”.
A Alemania no parece haberle ido demasiado mal en estos 60 años, pero consideremos el núcleo de esa “imposición”: el esfuerzo para darle una expresión política duradera a los conceptos morales del bien y el mal que los nazis intentaron invertir.
Como política, el holocausto se basaba en la negación –la negación física de cualquier diferencia religiosa, racial o política legítima dentro de la Alemania nazi–. El medio que utilizaba esta negación era la aniquilación de las poblaciones transgresoras –los judíos en primer lugar– en un intento inmisericorde por lograr la purificación social. El propósito del crimen era tan ambicioso, su alcance tan amplio, que se acuñó una nueva palabra –genocidio– para describirlo.
El mal. Los medios de comunicación modernos también hicieron su parte al transmitir imágenes de los campos de concentración que inmediatamente se convirtieron en símbolo de la magnitud de la depravación nazi. El impacto duradero del holocausto, que se ha estudiado en cientos de películas y libros, fue el de mostrar al nazismo como la última expresión del mal. En este contexto, negar el holocausto es rechazar su asociación moderna con el mal y eso implica que lo que sucedió durante el Holocausto podría colocarse dentro de un orden moral diferente.
Ahmedinejad argumenta que la presión externa y no la experiencia histórica real de la guerra total es lo que mantiene vigente el recuerdo del Holocausto en Europa. Lo que no entiende es que el recuerdo de Auschwitz también es el recuerdo de la Batalla de Inglaterra, del bombardeo de Dresden, de la ocupación de París y de la sublevación de Varsovia. Auschwitz no fue un hecho aislado. Fue el extremo de un desastre que incluía a todos estos sucesos.
Si el Holocausto no existió o si no tiene significado, entonces ¿cómo se puede entender el resto de la historia europea moderna? Si no hubo crímenes, entonces los nazis no fueron criminales.
Ahmedinejad siente el poder que da el reescribir la historia. Disfruta al provocar a Occidente con el pasado que él niega. Entiende la tentación del mal, lo atractivo que es el olvido. Sobre todo, es un hombre práctico. A Ahemdinejad no le beneficia en nada que Europa mantenga un sentido de la historia que hace que sus intereses choquen con los de Irán.
El objetivo de Ahmedinejad es simple: encontrar los eslabones débiles de la cadena que vincula a Europa con su pasado y, a través de este pasado, con Israel y Estados Unidos. La elección de Europa es igualmente clara: aceptar la absolución de este pasado de parte del presidente de Irán o determinar si los estándares de la verdad que él aplica a la historia son los mismos que utiliza en el caso de las armas nucleares.