Como los artistas también necesitan comer, el arte ha florecido en ambientes económicamente prósperos. Esto es especialmente cierto para su manifestacion más cara: la arquitectura. Por eso es que el apoyo que al arte ha dado Jean Paul Getty, un empresario que se hizo millonario en la industria del petróleo, ha acaparado titulares desde hace varias décadas, cuando comenzó a adquirir obras (en particular, antigüedades y muebles, cuyo arte pocos suelen apreciar) para un modesto museo en Malibú, California. Este se alojó en un lindo edificio, frente al mar, que es una reproducción fiel de la Villa del Papiri en Herculano, Italia, sepultada bajo las cenizas del volcán Vesubio en el año 79 y descubierta en 1709.
J. Paul Getty murió en 1976, pero su nombre ha vuelto a destacar con motivo de la inauguración, el 16 de diciembre pasado, del imponente Getty Center, obra del arquitecto modernista R. Meier construida en las colinas de Brentwood, cerca de Los Angeles, cuyo costo -en edificio y equipo- sobrepasa los mil millones de dólares. El Getty opera al amparo de un fideicomiso por un monto superior a los cuatro mil millones de dólares, fruto de una herencia de $700 millones de Getty y del manejo creativo de expertos en finanzas (entre ellos H. Williams, exdecano de la escuela de posgrado en negocios de UCLA y presidente de la Comisión de Valores de los Estados Unidos durante la Administración Carter). Lo anterior, unido a una disposición legal que, para mantener su status de institución de beneficencia, lo obliga a gastar al menos 4,25 por ciento del valor del fideicomiso, tres de cada cuatro años, le ha dado una posición de aventajado demandante en el mercado mundial de obras de arte.
¡Qué colecciones! El Getty, uno de los museos más ricos del mundo, se ha convertido en "coleccionador de colecciones" (¡y qué colecciones!), pues si bien, el dinero no compra la felicidad, sí sirve para adquirir obras de arte.
Getty, quien casó y se divorció cinco veces, vivió durante sus últimos años en Surrey, Inglaterra, no en California, y no vio siquiera completado su bello museo en Malibú (que en julio de 1997 fue cerrado, hasta el 2001, con el propósito de reacondicionarlo como museo de antigüedades y de arqueología comparativa) pues en su vejez le afectó el miedo a viajar en avión. Hoy cualquiera puede visitar gratis el nuevo museo en Brentwood, y apreciar lo que su patrocinador no pudo (¡aunque a esta fecha las reservaciones para el estacionamiento de vehículos llegan hasta mediados de año!).
En el Getty se exhiben esculturas y vasijas griegas y romanas de hasta quinientos años antes de Cristo; muebles y objetos decorativos franceses de los siglos XVII y XVIII; obras de los más destacados exponentes de la pintura mundial, como Cézanne, Degas, Gainsborough, Manet, Rembrandt y Rubens; fotografías y -lo que a este escribidor más atrajo- bellos manuscritos iluminados, con oro, plata y colores. La colección de más de 160 manuscritos constituye una impresionante constancia del gran refinamiento de la pintura, caligrafía y decoración medieval, es que -a diferencia de los murales y otras formas de pintura, que el paso del tiempo dañó y hasta borró- permanecen intactas, como producidas ayer.
En la Antigüedad dichos copistas fueron en general esclavos cultos. A principios de la Edad Media de esta labor se encargaron monjes anónimos, que producían y transcribían libros escritos en latín, con propósitos estrictamente religiosos. Pero luego los manuscritos incorporaron temas mundanos (filosofía, historia y ciencia), lenguajes vernaculares y su producción estuvo a cargo de renombrados escribientes de profesión, artistas laicos, que en talleres trabajaron por encargo de aristócratas de gusto y adinerados. La belleza de sus obras es tal que la imprenta no logró desplazarlas.