Durante la Segunda Guerra Mundial, un tal Edward Aloysius Murphy, irlandés de origen e ingeniero de profesión se hizo, si no célebre, al menos sí muy conocido por haber dado el enunciado siguiente, conocido ahora como la Ley de Murphy: "Si algo puede salir mal, saldrá mal". Con el tiempo se le han ido agregando enunciados a la citada ley, y aunque estos no tengan nada que ver con Mr. Murphy, siguen la línea dada por él.
En todo caso, todos ellos expresan un principio de pesimismo (o realismo) universal. Se trata de que todo proceso o evento tenderá a desarrollarse de la manera que cause más daño, disgusto y enojo. Veamos un par de enunciados más: "Ninguna buena acción queda sin su respectivo castigo". Creo que todos, cual más, cual menos, hemos sentido el peso de esta ley inexorable.
Otro, interesante y con importantes aplicaciones prácticas, es el siguiente: "No se puede construir nada a prueba de tontos ya que estos se han vuelto muy creativos".
El físico inglés Robert Matthews, parece dispuesto a demostrar que algunos educadores tienen razón al afirmar que los estudiantes deben estudiar matemáticas, no por su valor formativo, sino porque son muy útiles en la práctica. Aunque tanto los unos como los otros saben que no es cierto. No creo que profesor o alumno haya tenido que calcular fuera de las aulas el área de un círculo, la altura de una torre mediante el uso de fórmulas trigonométricas, sacar una raíz cuadrada o resolver un sistema de ecuaciones con tres incógnitas.
Sin embargo, Matthews cree que sí, y para convencernos, nada mejor que demostrar algunos enunciados de la ley de Murphy la cual, impepinablemente tiene aplicaciones prácticas y es, además, de validez universal.
Veamos el enunciado siguiente:
La tostada y la mantequilla. "Si una tostada cae al suelo, caerá de modo que la cara que tiene la mantequilla quede hacia abajo."
Matthews se da el trabajo de demostrar que, realmente, la tostada deberá caer de la manera enunciada, o sea, caerá de modo que manche la alfombra, o el piso, es decir, del modo en que cause el mayor disgusto y cabreo posible.
Para demostrarlo, da una expresión matemática, gracias a la cual podemos describir la caída de la tostada. Aunque la expresión dada por él es simple, ya que no contiene conceptos matemáticos "sofisticados", sino simples raíces cuadra-das el seno de algún ángulo y algún quebrado elevado a la segunda potencia, omito escribirla, por la sencilla razón de que resultará incomprensible para la mayoría de los graduados de nuestra enseñanza media. Creo que un liceísta "standar" de mi época podría haberse apañado bastante bien con ella. En fin, "tempora mutantur". En nuestros tiempos, la educación se fundamentaba sobre principios prosaicos. Se trataba de aprender matemáticas, o sea, poder resolver problemas. No, no se estudiaba ciencias. "Ciencias" es muy indefinido. Se estudiaba física (y se resolvían problemas). Había que apañarse con química inorgánica y dos años de química orgánica. Estudiar geología, botánica, anatomía, zoología...
¿Podría imaginarse algo más prosaico? Entonces se optó por la concepción lírica, o sea, por enseñar lo que no es enseñable. Para ello, nos bastaría leer estatutos de algunas universidades estatales. Se habla allí de "la búsqueda incesante de la verdad y la belleza", "enseñar a vivir armónicamente en sociedad", "enseñar a ser" y, supongo, también a nacer, a morir y no sé cuántas cosas por el estilo. No sé si nuestros egresados han aprendido todo eso. Lo dudo. ¿Cómo pueden enseñar a vivir armónicamente en sociedad aquellos que no lo han aprendido? Para ello basta asistir a sesiones de escuelas, facultades, consejos, asambleas. En cuanto a aprender a ser, el venerable Renato Descartes decía: "pienso, luego soy". Luego para ser, primero hay que pensar. Entonces, para enseñar a ser, primero habría que enseñar a pensar. Ya los profetas de nuestra educación, pregonaron en la época de los 60 que la finalidad de la educación era enseñar a pensar. Como no lo lograron, ya que a ellos no les enseñaron a pensar y, por tanto, tampoco lo aprendieron, difícil sería, entonces, enseñar a ser. Dichosamente el bueno de Descartes se equivocó: nos basta ver nuestro sistema de enseñanza en el cual, al igual que en muchos otros campos, existe gente que no piensa, pero es. Con todo, pueda que sistemas educativos con fundamentación lírica resulten ser muy exitosos. Lo que es difícil de dudar (ya que muchos y variados estudios lo demuestran) es que el común de los egresados no puede apañarse con la fórmula dada por Matthews.
Moraleja para nuestra educación. Pero, perdón, volvamos a Murphy y a Matthews. Aun los egresados de un sistema lírico, si dejan de lado la búsqueda incesante de la verdad y la belleza, pueden darse cuenta que si la tostada cae por el borde de la mesa, para que la cara untada de mantequilla cayera hacia arriba, la tostada debería girar 360º. Pues bien, Matthews, tomando en cuenta la altura de la mesa "standar", coeficiente de roce de la superficie de una mesa hecha con materiales usuales, el peso de una tostada, la densidad del aire y la velocidad promedio de una mano descuidada, demuestra que, bajo las condiciones dadas, la tostada solo puede girar 180º, o sea, cae irremediablemente, según lo enunciado. Para poder caer sobre la otra cara, o sea, para poder girar 360º, necesitaría 3,8 veces más tiempo de caída, lo cual podría lograrse construyendo mesas de 3 metros de alto, o reduciendo el peso de la tostada. Una de 2,5 cm de lado, caería con la mantequilla hacia arriba. Resultado: si queremos evitar esta situación enojosa, o hacemos mesas más altas (sillas más altas y, eventualmente, gente más alta) o reducimos el tamaño de las tostadas, con lo cual, o comemos muchas, o nos quedamos con hambre.
Matthews demuestra también un par de otros enunciados: "Si hay varias ventanillas con sus correspondientes colas, en la que usted se sitúe, será la más lenta". "Las medias, o calcetines, cuando los buscamos aparecen, preferentemente solos, y no en pares."
Volviendo al enunciado de la tostada, la demostración dada por Matthews, y nuestro sistema educativo, podemos ver que demuestra, mejor que nuestros entendidos en educación, la importancia de las matemáticas en la vida práctica. Solo que, desdichadamente, los estudiantes no están en condiciones de utilizarlas.
Moraleja: Como podemos ver, el primer enunciado de la Ley de Murphy, también se aplica a nuestro sistema de educación.