Este mundo sin fronteras significa la frontera de la exigencia abierta. Las fuerzas políticas internas se encargan de la apertura exigida por la inversión foránea sine qua non. La ausencia de fronteras implica la desaparición paulatina de las características nacionales, que se mantienen ahora solo con propósitos turísticos, a los que puede añadirse alguna nostalgia romántica. Al respecto, una actitud conservadora toma la apariencia de resistencia revolucionaria, pero bajo capa se defienden privilegios que se encuentran amenazados por la exigencia de la apertura. Llega el día en que tal actitud choca con la única frontera, pero la economía global no se detiene a escuchar las protestas ni los reparos. Mucho menos cuando en otras regiones no se encuentra con esta clase de resistencia; además, el poder económico se interesa cuando el desastre le reporta ganancias -venta de armas, por ejemplo-. Así, se abre un campo universal de competencia vigilado por el capital transnacional fuertemente concentrado y, a la vez, difundido por todas partes.
Por esto, también cae por su base la idea de cultura, entendida como el acerbo de valores que permite la conservación y superación de una tradición autóctona que, a la vez, asegura el proceso de formación individual, como posibilidad de la inserción de todos en las metas del progreso nacional. Se estimaba que un individuo culto iría más allá de su especialidad en sus propias exigencias espirituales y materiales. Cayeron las fronteras, y la masificación mundial del producto cultural no implica la seguridad de una alta calidad, ni siquiera en países en apariencia consolidados culturalmente. El interés clásico persiste mientras se transmita la atracción de una parte de la colectividad mundial a su alrededor. Similarmente ocurre en el microcosmos de las regiones. Por ejemplo, por muchos años se han mantenido el ciclo musical de los martes por la noche de la Escuela de Música de la Universidad de Costa Rica, en que la calidad de las audiciones asegura una continuidad de lo mejor. Similarmente ocurre con la danza y el teatro universitarios.
Especialización, una necesidad. Estas actividades todavía se sostienen por el afán de quienes comprenden el alcance de los conocimientos y sus aplicaciones, que no abandonan las interrogaciones y actividades propias del pensamiento libre y que no sucumben a la tentación de establecer una diferencia entre ciencia y humanidades, puesto que la especialización, a la que se atribuía el origen de todos los males antihumanísticos, se revela como una necesidad actual y las propias humanidades se especializan. Sin embargo, la diferencia entre buen arte y comercialización no sucumbe. Por esto, el pensamiento libre y su expresión, tanto en el terreno científico, como en el humanístico, necesita mantenerse como afianzamiento de la justicia, porque tal es el reducto de la humanidad que aún se valora a sí misma, allende los requerimientos del mundo englobado por la economía planetaria.
Las antiutopías (1984, de Orwell, Un mundo feliz, de Huxley) cobraron realidad bajo diversas formas. En cambio, la película Matrix, en algunos de sus aspectos, parece una ficción cercana a la realidad que nos abarca. Sin embargo, Odisea en el espacio me sigue pareciendo como un ensueño de lo que podríamos esperar. Todo esto, quizá porque no se cubrió el mundo con los aspectos buenos de aquella esfera espiritual que imaginó Pierre Teilhard de Chardin, sino con una intrincada red electrónica cuya meta es el negocio, aunque, como toda producción tecnológica, tanto puede servir para la destrucción como para la construcción. Por ello, el mundo englobado podría desbordar la barbarie burócrata que describió Kafka, pero aún cabe que prosigan el libre pensamiento y la justicia real, siempre que las personas que los valoran continúen su trabajo artístico, científico, social, en las propias entrañas de este mundo, por la elevación de la vida humana.