En una reciente conferencia de prensa, el señor presidente de la República don Abel Pacheco, refiriéndose a unos cheques donados a su campaña política, dijo que en el asunto había que actuar con hombría y mujeridad de bien.
La influencia del movimiento feminista con respecto al habla castellana ha tocado, pues, las más altas esferas gubernamentales, y don Abel, poeta innato, psiquiatra por convicción y político sin proponérselo, ha sido tentado a pesar de su portentosa inteligencia y de su enorme bagaje cultural. Se perdió, por un instante, en las cumbres borrascosas de la semántica feminista.
Me parece lamentable que según el criterio de muchas bellas, distinguidas y respetables mujeres (“la flor de los campos que perfuma el hogar”, dijo en 1875 Carolina Freyre, y tal apotegma sigue vigente) que conforman el reivindicativo –con razón– feminismo criollo, sea necesario cambiar algunas reglas gramaticales del español. Transcribo algunos párrafos elocuentes y didácticos escritos por don Fernando Díez, filósofo y filólogo, extraídos de su excelente columna dominical en el diario La Nación, “Tribuna del idioma”: “Sin duda se está queriendo llegar demasiado lejos. Esta función genérica del masculino, heredada de nuestros ancestros lingüísticos, es parte de la más genuina tradición gramatical y, al mismo tiempo, resulta altamente funcional. Su hipotética eliminación generaría un auténtico caos en el idioma y ciertamente no aportaría gran provecho a la causa feminista. [...] Cristo debiera haber dicho: Dejad que los niños y niñas vengan a mí, [...] ni Cristo murió por los hombres, sino por los hombres y las mujeres”.
Todas las acciones históricas, políticas y sociológicas que en pro del rescate de los derechos fundamentales del sexo femenino han sido emprendidas en Costa Rica, son loables y dignas de admiración. Sin embargo, pienso que un feminismo a ultranza que intenta cambiar la lengua española podría ser tan nocivo cuanto el machismo irracional lo es en todos los ámbitos. Debemos respetar la alteridad, en nuestro bello idioma y también en el “otro” género. Dice Umberto Eco: “Nosotros –así como no logramos vivir sin comer o sin dormir– no logramos entender quiénes somos sin la mirada y la respuesta del otro”. En la historia del mundo bastantes “reacciones” sociales han sido nefastas. Tal vez es mejor no ir en contra de algo, sino buscar una conciliación inteligente. Y, desde luego, ¡vivan siempre la hombría de las féminas y la mujeridad de los varones!